El sistema eléctrico del Área Metropolitana de Buenos Aires sufrió este jueves un golpe crítico que desnudó, una vez más, la vulnerabilidad de su infraestructura troncal. Según informaron fuentes de la Secretaría de Energía, el apagón se originó a las 14:45, cuando cuatro líneas de 220 kV vinculadas a la subestación Morón, bajo órbita de Edenor, salieron de servicio de manera simultánea. La falla provocó una caída abrupta de 3.000 MW de potencia, una cifra que representa una parte sustancial de la demanda en un día donde las temperaturas extremas forzaban el sistema al límite.
El impacto fue inmediato y geográficamente extenso. En el conurbano, localidades como Vicente López, Martínez, San Martín y Tigre quedaron completamente paralizadas, mientras que en la zona oeste el corte afectó a Ramos Mejía, Haedo y Caseros. La Capital Federal no fue la excepción: barrios como Palermo y Belgrano sufrieron la interrupción, que además se trasladó por “efecto cascada” a unos 123.000 usuarios de Edesur debido a la interconexión del sistema nacional. En total, el apagón alcanzó a 800.000 usuarios, transformando la tarde en un caos de semáforos apagados y persianas bajas.
El transporte público fue uno de los sectores más castigados por la falta de energía. La Línea D de subte debió interrumpir su servicio, mientras que la Línea H operó con demoras significativas. En la superficie, la situación fue aún más compleja: los ramales Mitre y Suárez del Tren Mitre quedaron fuera de servicio, al igual que el Tren de la Costa, dejando a miles de trabajadores varados en las estaciones bajo un calor agobiante. Incluso el Aeroparque Jorge Newbery reportó cortes parciales en su terminal, aunque la operatividad de los vuelos no llegó a suspenderse.
Desde el Gobierno nacional buscaron llevar tranquilidad al asegurar que el proceso de reposición se inició de manera inmediata. Hacia las 15:30, la empresa Edenor ya había normalizado el suministro para 400.000 usuarios, la mitad de los afectados originales. Sin embargo, la demora en la recuperación total del servicio genera preocupación por la estabilidad de los transformadores y cables ante la persistencia de las altas temperaturas, que suelen provocar fallas secundarias tras un colapso de esta magnitud.
Este evento vuelve a poner sobre la mesa la discusión sobre la responsabilidad de las distribuidoras y el estado de las líneas de alta tensión. Mientras las autoridades insisten en que se trató de un problema técnico puntual de la red de Edenor, los usuarios —que superan los 30 años y han vivido décadas de crisis similares— perciben este apagón como una señal de advertencia sobre la necesidad de inversiones estructurales. En una economía que busca normalizarse, la recurrencia de cortes masivos ante cada pico de temperatura sigue siendo el talón de Aquiles que condiciona la productividad y el bienestar social.