Deslizamientos en Comodoro e incendios en la cordillera exponen un patrón repetido: crisis climática, desfinanciamiento y decisiones estatales tardías.
Deslizamientos en Comodoro e incendios en la cordillera exponen un patrón repetido: crisis climática, desfinanciamiento y decisiones estatales tardías.

Chubut atraviesa uno de los veranos más duros de los últimos años, con dos emergencias que, aunque distintas en su forma, revelan una misma fragilidad estructural: el avance de la naturaleza en un contexto de cambio climático acelerado y una respuesta política atravesada por la desinversión, la improvisación y la negligencia acumulada.
En Comodoro Rivadavia, el desplazamiento de tierras en la ladera sur del cerro Hermitte obligó a declarar la emergencia geológica y urbanística. En paralelo, en la zona cordillerana, los incendios forestales continúan arrasando miles de hectáreas, poniendo al límite a brigadistas, bomberos voluntarios y comunidades enteras. Entre el fuego y la tierra que se hunde, Chubut parece resumir en pocos días las consecuencias más crudas de un modelo de gestión pública que llega tarde y sin recursos.
El movimiento del cerro Hermitte comenzó en la madrugada del domingo y ya provocó la evacuación de unas 300 personas. La zona norte de Comodoro es la más afectada, especialmente los barrios Sismográfica, El Marquesado, Los Tilos y Médanos. Decenas de familias debieron abandonar sus viviendas ante el riesgo de colapso: muros rajados, calles deformadas, casas partidas y una sensación de pérdida difícil de dimensionar.
El deslizamiento también generó daños en servicios esenciales. Hubo grietas en instalaciones subterráneas de gas y agua, además de cortes eléctricos abruptos en la noche del evento. Las autoridades ordenaron desalojos preventivos y cerraron perímetros enteros, mientras los equipos psicológicos municipales intentan contener a vecinos que, en muchos casos, dejaron atrás el esfuerzo de toda una vida.
Sin embargo, la catástrofe no fue inesperada. Un informe técnico del año 2002 ya había advertido el peligro de hundimiento y la inviabilidad de urbanizar la zona. La advertencia fue clara: construir allí implicaba un riesgo geológico permanente. Aun así, el crecimiento urbano avanzó igual, sin planificación, sin controles adecuados y con la lógica repetida de ocupar primero y corregir después. Hoy, esa decisión se paga con evacuaciones masivas y un barrio entero al borde del derrumbe.
Mientras Comodoro se hunde, la cordillera chubutense arde. Los focos de incendios forestales continúan afectando vastas extensiones de vegetación nativa, con consecuencias ambientales, económicas y humanas que todavía no pueden calcularse del todo. Poblaciones enteras viven bajo amenaza constante, con evacuaciones preventivas, humo persistente y un paisaje que se convierte en ceniza.
En este escenario, brigadistas y bomberos voluntarios trabajan al límite de sus capacidades. Muchos lo hacen con recursos escasos, equipamiento insuficiente y una sensación cada vez más extendida: el Estado se retira justo cuando más se lo necesita.
Los incendios en la Patagonia no son un fenómeno nuevo, pero sí lo es su intensidad creciente. El aumento de temperaturas, la sequía prolongada y los vientos más extremos configuran condiciones perfectas para el fuego. El cambio climático ya no es una proyección: es una realidad que golpea con fuerza sobre territorios frágiles.
Más allá de la emergencia natural, lo que une ambos episodios es una matriz política: la falta de inversión sostenida en prevención, infraestructura y respuesta rápida.
En el caso de los incendios, distintos sectores vienen denunciando desde hace tiempo el desfinanciamiento de los programas nacionales destinados al Manejo del Fuego. La subejecución presupuestaria implica, en términos concretos, recursos que estaban asignados pero no llegaron a utilizarse para fortalecer brigadas, comprar equipamiento o reforzar la asistencia a provincias.

Los brigadistas combaten el fuego con un esfuerzo heroico, pero muchas veces sin respaldo estructural. La misma lógica aparece en Comodoro: se construyó donde no se debía, se ignoraron informes técnicos, se permitió el avance urbano sobre zonas inestables y luego se declaró la emergencia cuando el desastre ya estaba en marcha.
En ambos casos, el patrón es claro: políticas públicas debilitadas, presupuestos que no se ejecutan, planes de prevención que se abandonan, y comunidades enteras que quedan expuestas frente a la violencia del clima.
Chubut vive días críticos, pero también reveladores. La pregunta ya no es solo qué ocurrió, sino por qué se repite. Por qué un barrio se urbaniza pese a informes que lo desaconsejan. Por qué se recortan programas esenciales mientras el fuego avanza. Por qué se actúa siempre después, cuando el daño es irreversible.

Entre el cerro que se desplaza y el bosque que se quema, el verano chubutense expone una verdad incómoda: la crisis climática no golpea sola. Lo hace amplificada por decisiones políticas, por omisiones estatales y por una desinversión que convierte cada evento extremo en tragedia.
Naturaleza y cambio climático son parte del problema. Pero la negligencia política, una vez más, termina siendo parte central de la catástrofe.
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