Falsas promesas: el oportunismo del bienestar

Una reflexión sobre cómo falsas promesas de bienestar pueden generar más malestar, especialmente cuando el oportunismo se aprovecha de la vulnerabilidad ajena.

Mariela Ruhl

 

Me parece prudente y necesario comenzar este artículo diciendo que nada más alejado de mi intención que generalizar a la hora de compartir aquello que propongo en esta ocasión. A excepción de profesionales idóneos y capacitados que asumen un compromiso ético en el ejercicio de su profesión, nos encontramos frente al peligro de cruzarnos con oportunistas que se aprovechan del padecimiento ajeno para facturar fama y dinero.

Propongo reflexionar acerca de “falsas” promesas que inundan escenarios a sala llena; una sala llena de expectativas y de soledades que, buscando compañía, depositan esperanzas en discursos que abrazan como salvavidas en medio de la desesperación de ahogarse en sus mundos hostiles, mientras hábiles oradores aprovechan oleadas de malestar para engordar sus bolsillos inescrupulosos.

Falsos psicólogos que, a pesar de haber sido denunciados, siguen desempeñándose en áreas de salud mental; supuestos psicólogos/psicólogas que utilizan el espacio terapéutico para lucrar con disciplinas que nada tienen que ver con la consulta a un profesional en psicoterapias respaldadas académicamente, y gente desesperada que, buscando ayuda, recibe estafas.

En medio de tanta oferta de “bienestar”, sugiero desconfiar de charlas impregnadas de felicidades diversas que se alcanzarían comprando en cómodas cuotas dosis de voluntad en algún rincón de nuestro reservorio de voluntades. Además de prometer falsos bienestares, estas charlas que venden entradas aumentan malestares porque, si nuestra felicidad depende de nosotros y de nuestras voluntades (como manifiestan estos oportunistas en diferentes espacios), entonces deberíamos sentirnos “culpables” por nuestra incapacidad al momento de administrar nuestra voluntad. Su pretensión es ganar fama y dinero lucrando con cuestiones delicadas; nuestro derecho es estar protegidos de cualquier charlatanería.

Ante la posibilidad de difusión de cualquier discurso, necesitamos estar advertidos para no ser engañados por personajes que prometen “verdaderas mentiras”. Esos personajes endulzan oídos que, desamparados por la amargura de su desdicha, aplauden desde una butaca en medio de una sala llena de aplausos ilusionados.

Propongo hablar del derecho a sentirnos tristes y recibir ayuda responsable para transitar esa tristeza; propongo desconfiar de “cielos” que se supone se consiguen con solo desearlos. Propongo una “felicidad” estadísticamente probable sin discursos de autoayuda “berreta” que, prometiendo bienestar, aumentan su cuenta bancaria duplicando malestares.

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