Paralelamente, la tensión se trasladó al ámbito de la Alianza Atlántica (OTAN). Durante una comparecencia en la Casa Blanca, el presidente estadounidense calificó a España de aliado “terrible” por no alcanzar el gasto militar exigido.
Según las fuentes, Washington demanda una inversión del 5% del Producto Interno Bruto (PIB), cifra que el Gobierno español rechazó al considerar que puede cumplir sus objetivos con un 2%.
El canciller alemán, Friedrich Merz, quien estuvo presente en Washington, evitó cuestionar las amenazas arancelarias de su anfitrión. Merz coincidió en la necesidad de que España eleve su contribución financiera para la seguridad común europea.
Por su parte, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, adoptó una postura conciliadora al destacar la labor logística del ejército español, como el sistema antimisiles desplegado en Turquía.
La situación actual mantiene en vilo el acuerdo comercial sellado el año pasado entre la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y el mandatario republicano.
Mientras la diplomacia comunitaria apela a la validez de los pactos firmados, la administración de Estados Unidos mantiene la presión sobre la cuarta economía del euro. Este escenario plantea un dilema sobre la autonomía de los Estados miembros frente a las exigencias presupuestarias de los aliados externos.