En el escenario actual, la discusión real no gira en torno a si se debe o no adoptar la tecnología, sino a determinar cuándo será demasiado tarde para hacerlo.
En el escenario actual, la discusión real no gira en torno a si se debe o no adoptar la tecnología, sino a determinar cuándo será demasiado tarde para hacerlo.

Por Santiago Echazú, co-founder y director general creativo (CCO) de Paisanos
A nadie se le ocurriría imaginar a un contador trabajando sin una calculadora. Resultaría absurdo. Sin embargo, cuando trasladamos esa misma lógica a la inteligencia artificial en el ámbito de las pequeñas y medianas empresas, el panorama cambia drásticamente. Surgen las dudas, los temores y una parálisis que a menudo se disfraza de prudencia.
Integrar la inteligencia artificial no es una sofisticación tecnológica para unos pocos elegidos; es, llanamente, el equivalente contemporáneo de aquella calculadora. Es poner a disposición de las personas una herramienta capaz de superar el raciocinio humano para potenciar sus propias habilidades, permitiéndoles ser más rápidos, eficientes y, fundamentalmente, eficaces.
La realidad de muchas organizaciones actuales se asemeja a una caja de Legos desordenados: acumulan un volumen inmenso de información que, en su estado actual, no tiene ninguna utilidad práctica. La inteligencia artificial representa la casa terminada, la estructura que da sentido al caos. Para transitar del punto A al punto B, las empresas deben primero ordenar y estructurar sus datos. El verdadero desafío no radica en la tecnología en sí, sino en comprender que nos enfrentamos a un proceso profundo de re aprendizaje, reordenamiento, capacitación y entrenamiento. Pretender implementar estas herramientas entregando “la casa armada” sin que los equipos entiendan el proceso detrás es un camino directo al fracaso.
Uno de los frenos más recurrentes en el ecosistema corporativo es el temor a alterar los procesos vigentes bajo la premisa de que “ya funcionan”. Se trata de una postura peligrosa. En el escenario actual, la discusión real no gira en torno a si se debe o no adoptar la tecnología, sino a determinar cuándo será demasiado tarde para hacerlo. Aquello que hoy funciona de manera analógica o tradicional tiene una fecha de caducidad implícita: la competencia eventualmente lo hará más rápido y mejor. Los procesos, desgraciadamente, hay que cambiarlos, porque si haces procesos humanos para inteligencia artificial estás perdiendo el tiempo. Si ya funciona, es probable que deje de funcionar.
En este contexto de cambio acelerado, abundan quienes se presentan como especialistas infalibles en la implementación de procesos con inteligencia artificial. No obstante, la realidad es que todos los actores del mercado se encuentran en una curva de aprendizaje similar, cometiendo errores equivalentes y descubriendo las reglas del juego sobre la marcha. La adaptación ágil exige asumir el riesgo de equivocarse. Como señalaba la teoría evolutiva de Darwin, el error es el motor que fuerza la mutación, y es esa mutación la que viabiliza la adaptación al entorno.
Existe un error conceptual severo al percibir a la inteligencia artificial como un empleado sustituto destinado a prescindir del factor humano. La tecnología resuelve lo básico, pero el valor exponencial aparece únicamente cuando un profesional capacitado administra y potencia la herramienta. La inteligencia artificial no potencia al humano de forma automática; es el humano quien, con su criterio y experiencia, potencia a la inteligencia artificial.
Frente al mercado global, las empresas de regiones acostumbradas a la inestabilidad, particularmente las pymes argentinas, poseen una ventaja competitiva de carácter cultural: una notable resiliencia y una alta tolerancia a la incertidumbre. Quienes han desarrollado su actividad en contextos económicos irregulares están inherentemente más preparados para adaptarse ante la aparición de cisnes negros. En este sentido, mientras que en mercados estables la comodidad adormece la necesidad de cambio, el contexto local obliga a una búsqueda constante de optimización.
La inteligencia artificial representa tanto una oportunidad histórica como una condena para quienes elijan la inacción; es la necesidad, y no la mera posesión de recursos, lo que marca la diferencia en la velocidad de adopción.
Para aquellas pymes que aun no han dado el primer paso, el punto de partida no es de carácter tecnológico, sino estratégico. La tecnología ya está disponible y es sumamente accesible; lo que se requiere es un ordenamiento metodológico del propio negocio a través de cinco etapas fundamentales:
El miedo ante lo desconocido es una respuesta biológica natural que alerta sobre un riesgo potencial. Sin embargo, ante la inminente reconfiguración del mercado, la inacción representa un peligro significativamente mayor que el error experimental. La decisión de afrontar este nuevo contexto con valentía o con cobardía determinará cuáles pymes lograrán permanecer y cuáles quedarán en el camino.
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En el escenario actual, la discusión real no gira en torno a si se debe o no adoptar la tecnología, sino a determinar cuándo será demasiado tarde para hacerlo.
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