Años después, la vida me puso en un lugar de privilegio: compartir las mañanas de los sábados en El Destape durante su programa ¿Qué me contas?. Allí, la Taty que el país veía como un símbolo nacional, a mis ojos se volvía humana, tangible. La pasabamos a buscar cada s´abado para asistir a la radio, ella ya nos aguardaba con la cartera colgada al hombro. Subía al taxi, preguntaba primero por uno y luego por el otro —cómo dormiste, cómo está la familia— y recién después se acomodaba a hablar del programa. Esa puntualidad, esa pequeña rutina no era una obsesión; era disciplina, compañerismo y cuidado.
Trabajar con ella fue entender que la calidez no es una estrategia de comunicación; es una forma de estar en el mundo. Mientras yo crecía, ella nos enseñaba que la memoria no es un mausoleo. La memoria de Taty era un organismo vivo, que se adaptaba, que preguntaba, que a veces incluso nos dejaba a los más jóvenes la tarea de explicarle lo que nosotros vivíamos, ahora, en esta época incierta.
Hoy, que Taty ya no está físicamente —nos dejó este domingo 14 de junio, a los 95 años—, el vacío no es solo la ausencia de una referente, es la tristeza de sabernos un poco más solos.
Taty se fue sin saber dónde esta Alejandro, y esa es nuestra herida abierta como sociedad.
Cuando terminaba el programa, ella siempre cerraba con su frase insignia: “Militancia y joda”. Me gustaba pensar que en esas palabras estaba su mayor lección: que el dolor por Alejandro no le pedía permiso a sus ganas de reír, y que su alegría tampoco era una traición a la búsqueda. Siempre con amor, siempre con alegría.
Hoy, a 51 años, miro el video que hicimos con los pibes de ETER y la veo ahí: eterna, con las manos que buscan y la voz que insiste. La posta ya la tenemos nosotros. Nos toca a nosotros seguir preguntando, molestar al poder, incomodar al silencio y, sobre todo, no predicar la memoria. Taty nos enseñó que la mejor forma de honrar a quienes ya no están es vivir con la misma intensidad, el mismo coraje y, por qué no, con la misma joda que ella supo imprimirle a la historia. La única lucha que se pierde, es la que se abandona.
Digan dónde está Alejandro. Hasta siempre, Taty.