El lado oscuro de la danza: nuevas denuncias por abuso y el urgente pedido para frenar la violencia

Mientras la Justicia analiza restos biológicos y suma dos nuevas acusaciones contra el docente detenido, la ex bailarina del Teatro Colón Aldi Vaulet advierte sobre las dinámicas de poder en la formación artística. Su proyecto de ley busca proteger a los menores en el alto rendimiento.

El horror que vivió una niña de 12 años en un estudio de danzas encendió las alarmas sobre lo que ocurre a puertas cerradas en los espacios de formación artística. Lejos de ser un hecho aislado, el caso expone la vulnerabilidad que atraviesa a la disciplina desde hace décadas. Aldana Vaulet, ex bailarina profesional del Teatro Colón, profesional de la psicología y autora del libro Danza con Lobos, conoce desde adentro estas dinámicas. Con ella hablamos de los últimos casos. A raíz de los aberrantes hechos que tomaron estado público en los últimos días, la especialista decidió intervenir para visibilizar una problemática que suele quedar sepultada por el miedo.

Vaulet sostiene que en el ámbito de la danza existe una marcada asimetría entre quienes enseñan y quienes aprenden. El docente se erige como una figura de autoridad absoluta, mientras que el alumno, particularmente cuando transita la niñez o la adolescencia, queda relegado a una posición de extrema indefensión. Esta diferencia estructural genera un escenario propicio para que situaciones de acoso, manipulación o violencia física se camuflen bajo el velo de la exigencia.

“Exigir, corregir y formar no significa maltratar, humillar, intimidar ni ejercer violencia”, sentencia con firmeza la ex integrante del Colón. Para la investigadora, la verdadera educación requiere conocer los límites físicos y emocionales, respetando siempre la integridad del otro y asumiendo la enorme responsabilidad que conlleva guiar a un menor en su desarrollo artístico.

Frente a la urgencia de proteger la salud integral de los artistas y deportistas, Vaulet impulsa un proyecto de ley en el Congreso de la Nación. La iniciativa plantea una reestructuración profunda en las instituciones de alto rendimiento, basándose en dos pilares innegociables: exigir formación pedagógica obligatoria a los instructores y garantizar la presencia de equipos interdisciplinarios que acompañen el proceso psicológico de los menores.

La autora explica que el silencio de las víctimas rara vez es casual. Emerge del terror, la vergüenza y el sentimiento de culpa. En un ecosistema donde la disciplina es severa, los jóvenes sienten pánico a perder las oportunidades que consideran vitales para alcanzar sus sueños profesionales. Por ese motivo, Vaulet insiste en que la carga de la denuncia no puede recaer de manera exclusiva sobre quien atraviesa el calvario. Es obligación de los adultos y de las instituciones crear los mecanismos para detectar a los agresores a tiempo.

El diagnóstico preventivo de la experta encuentra un oscuro correlato en la realidad judicial de las últimas horas. La situación procesal del profesor de danzas clásicas identificado como F.G. se agravó de manera drástica. Tras la primera acusación formal, las madres de otras dos pequeñas se presentaron ante la fiscalía de Adriana Reinoso Cuello alertando que sus hijas, alumnas de la misma academia, también habrían sufrido ataques de características idénticas.

El infierno inicial salió a la luz gracias a la valentía de la primera víctima. El expediente detalla que el docente le pidió a la niña de 12 años que le avisara a su familia que saldría media hora más tarde del estudio ubicado en Constitución al 300. La excusa del instructor fue la necesidad de pulir un ensayo pendiente. Al llegar a su casa, su madre percibió de inmediato que algo andaba mal: la pequeña temblaba y tenía los ojos vidriosos. Ante la contención familiar, la menor logró verbalizar que el profesor aprovechó que estaban solos en el salón, le quitó la ropa y abusó de ella.

La intervención de la Justicia logró frenar la situación. El instructor quedó aprehendido e imputado por el delito de abuso sexual agravado por su rol como encargado de la educación de la víctima. Durante una audiencia reciente, el auxiliar fiscal Guillermo Giordano y el abogado querellante José María Molina lograron que el acusado enfrente 36 días de prisión preventiva mientras avanza la etapa de instrucción.

Los operativos policiales en el lugar de los hechos resultaron determinantes para el futuro del expediente. Las autoridades secuestraron diversos elementos probatorios, destacándose el hallazgo de restos biológicos en el interior del salón, material que ya fue derivado a los laboratorios para realizar peritajes genéticos cruzados. Ante la aparición de los nuevos testimonios, la fiscala Reinoso Cuello intensificó las medidas investigativas y adelantó la declaración en Cámara Gesell de la primera niña para resguardar su testimonio y evitar la revictimización durante el proceso penal.

José María Molina, representante legal de la familia denunciante, destacó el inmenso valor de la niña al revelar lo que estaba sucediendo a puertas cerradas. El letrado remarcó que el relato de la menor hoy encuentra un respaldo contundente en los indicios científicos preliminares. Además, subrayó el profundo daño provocado por la investidura del agresor: “Estamos ante una conducta que revela una perversión particularmente aberrante cuando proviene de quien debía ejercer un rol de enseñanza, protección y cuidado”.

El avance de la causa judicial tucumana refuerza el reclamo nacional por un cambio urgente en las academias e instituciones formativas. A través de su espacio Mente en Escena, Aldi Vaulet busca aportar herramientas concretas mediante la psicoeducación, ofreciendo lugares de escucha segura tanto a los bailarines como a sus padres. El objetivo central es desterrar la antigua creencia de que el rigor técnico justifica cualquier tipo de trato denigrante.

La ex bailarina invita a la sociedad a replantearse el modelo de formación que rige en la actualidad. Resulta indispensable establecer protocolos de actuación claros que corten de raíz los abusos de poder. Se puede alcanzar la excelencia artística sin vulnerar derechos fundamentales y se puede forjar a los mejores talentos sin que el precio a pagar sea un trauma irreversible. El desafío es construir entornos donde el acto de bailar vuelva a ser sinónimo de crecimiento, aprendizaje y disfrute.

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