“‘Para mí Lucía sigue con 16 años” : diez años después del femicidio de Lucía Pérez, su familia sigue peleando por Justicia

El femicidio de Lucía Pérez desató el primer Paro Nacional de Mujeres. Una década, dos juicios y cuatro fallos después, Casación le quitó esa figura de femicidio a la condena. Su madre, Marta Montero, vuelve a Tribunales a reclamar que la Justicia lo nombre.

Lucía Perez Montero fue asesinada en 2016, hoy hace 10 años.

Avanzan como un solo cuerpo. Son cientos de miles de mujeres enojadas, heridas, tristes, y sin embargo enteras, porque saben lo que pasa cuando caminan juntas: se vuelven un gigante que domina las calles, golpeando las puertas del Congreso y de Tribunales. En las remeras y en los carteles llevan a sus amigas, a sus hermanas, a las que les arrancaron la vida. Y en el pecho de Marta Montero, como en el de tantas otras, hay unos ojos que miran de frente. Son los de Lucía, su hija. Diez años después, esos ojos vuelven a la calle a pedir justicia. 

 

El despertador sonaba todos los días a las 6:30 am, Lucía se alistaba, desayunaba alguna cosa rápida, y tipo 7:10 de la mañana su papá la alcanzaba hasta las puertas de la escuela que quedaba a unas 20 cuadras.  Cursaba quinto año y siempre fue muy aplicada con las cosas del colegio, ese año Telefónica la había elegido entre los treinta chicos de mejor promedio del turno mañana para una capacitación gratuita que hacía todos los lunes, pensada para conseguir su primer empleo al terminar el secundario. Cuando su mamá volvía del trabajo, a las tres de la tarde, ella la estaba esperando con el mate. 

 

“Eso era un día de Lucía en su vida”, dice Marta Montero 

A Lucía le gustaban los animales y dudaba entre la biología y la veterinaria. Pero una docente le dijo una vez a Marta que no, que lo de su hija era el arte. “No lo sé, no lo sé”, dice Marta con los ojos mirando para arriba, como si en su mente reprodujera una película con imágenes de sus vidas.  “Lucía era muy capaz con las manos, pero desde muy chica. Lucía hacía aros y collares, dibujaba con lápiz negro encerrada en su cuarto, hizo un curso de uñas esculpidas cuando todavía nadie las usaba. Una tarde agarró una tela, dijo “me voy a hacer un pantalón” y lo cortó y lo cosió a mano “ me hace acordar mucho a mí cuando yo era chica, yo era muy de ese tipo de cosas”. Sus dibujos y una pintura siguen colgados en esa habitación.

Este mes, Marta cumplió años el 1 y su marido el 4. “Ella seguro que iba a estar haciendo una torta”, dice.

El tiempo detenido hace 10 años

 “Para mí Lucía sigue con sus 16 años y para mí después de diez años, es como si hoy hubiese pasado todo”. Marta no habla de tragedia. “Tragedia sería que yo cruzo la calle, me caigo y me muero. Esto es un asesinato bien expuesto, alguien que decidió quitarle la vida a ella“, corrige 

Lo que le pasó, dice, fue un tsunami en el cuerpo, una herida que deja “una cicatriz en el cuerpo entero, internamente”. No la extraña en fechas determinadas: la extraña todos los días, todos los minutos. “Por eso es que la mente por ahí, creo, que debe ser tan sabia, tan sagrada. No es que olvide, ¿eh? Yo no olvido nada. Absolutamente nada, porque me acuerdo las cosas desde el primer minuto que pasaron”, afirma con los ojos fuertes con la dolencia que deja seguir a carne viva, “pero se guardan ahí en un archivo, cuando las necesito las saco, las busco. Pero si no, yo sigo a la vida, sigo rezando por ella, sigo luchando por ella y creo que ella está siempre conmigo.”

Actividad y mural de esta semana

Marta se sostiene en la fe. Esa fe, dice, es lo que la conecta con Lucía “en el momento que quiera”. “Yo siempre hablo de ella. Hablo de ella desde la mejor manera, desde la peor manera, desde como sea”, dice con espíritu maternal. “Cuando del otro lado la agresividad está específicamente hecha para destruirte, para aniquilarte, para que vos no puedas reaccionar, para que vos no puedas seguir buscando justicia, vos decís: Dios, ayudame y dame fuerza porque no tengo que reaccionar, tengo que ser esta persona que me ha llevado a poder levantar una bandera por mi hija”

Lo asume sin dudar, desde sus entrañas, con un amor contagioso: “para mí Lucía es el amor más sagrado” y sin pausa continúa, “ volvería a parir la misma hija que parí”.

¿Cuántos juicios hacen falta para condenar un femicidio?

El 26 de noviembre de 2018, un día después del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el primer tribunal absolvió a los acusados. “Voy a ese momento y me acuerdo intacto cuando yo escuché eso, y lo único que hice fue levantarme, firmar el acta que tenés que firmar, salir afuera, hablar con ustedes, los periodistas, y decir: ‘esto no termina acá, acá vamos a seguir’. 

Afuera había policía por todas partes y mujeres, compañeras en la lucha, llorando. Marta las abrazó, pidió tranquilidad y marchó al final de la columna, para que nadie diera el titular que el Poder Judicial esperaba: “Los padres de Lucía Pérez rompieron todo Tribunales”. No era la primera vez que la calle respondía por Lucía. El 19 de octubre de 2016, once días después de su muerte, el país vivió el primer Paro Nacional de Mujeres, y su cara se volvió bandera y con ellas, las historias de todas las mujeres a las que les robaron la vida.

Luego de la apelación por parte de la familia de Lucia, hubo un segundo juicio casi 5 años después en 2023, el Tribunal Número 2, que ya era otro tribunal porque a esos jueces se les había hecho un jury, dónde finalmente condenan a Matías Gabriel Farías una perpetua por femicidio. “Ya para ese entonces Maciel había muerto… digo había muerto porque se cremó el cuerpo, no sabemos nada más”. A Offidani le dan 8 años, que se suma a la condena por partícipe secundario. “Offidani fue partícipe necesario todo el tiempo, si él no hubiese estado ahí no podía llegar a lo que llegó”.

Juan Carlos Offidani, Alejandro Maciel y Matías Farías.

Lo que finalmente parecía acercarse al sabor de la justicia, hace un año volvió a remover el dolor de una sociedad entera. En 2025 Casación borró la figura de femicidio de la causa. “Se manda a hacer otro juicio inventado, otro mamarracho, porque ya era imposible, o sea ¿por cuántos juicios vas a pasar?”  En abril de este año 2026, a Matías Farías se le modificó la condena a 17 años por abuso sexual agravado, 23 en total sumando la venta de estupefacientes. La familia apeló ante la Suprema Corte bonaerense, que puede tardar hasta un año. 

Mientras tanto, Juan Pablo Offidani, en tanto, tiene libertad condicional desde el 31 de diciembre de 2025: la única restricción es no acercarse a cien metros de la casa de Marta. ” Puede hacer lo que quiera. No tiene restricción, no es una prisión domiciliaria que está con una pulsera… No, él tiene libertad condicional”, enmarcado entre muchas comillas. “Estas son las peleas de los narco feminicidios”. 

Volver a mirar cara a cara a los jueces

Si tuviera enfrente a los jueces de la Corte, Marta les pediría una sola cosa: “Que condenen un femicidio“. Y que se pongan “dos segundos en los zapatos de esa criatura de 16 años, la captan dos dealers en la puerta de una escuela, le meten toda la droga que ellos quieren, la violan hasta 15 minutos… — Marta respira hondo y mira fijo aún no pudiendo creerlo— 15 minutos antes de que muriera la seguían violando, la llevan muerta a una escuela, plantan pruebas como que el tipo llevó leche chocolatada y facturas y era mentira, Lucía tenía el estómago vacío. ¿A vos te parece que una persona puede estar teniendo relaciones durante 4 horas con el estómago vacío, con nada? ¿Pero qué nos quieren hacer creer?” , la fuerza de Marta es, sin duda, imponente. Parece irreal o ficción tener que diez años después seguir describiendo, seguir relatando pero sobre todo, seguir esperando que la justicia juegue — de una vez por todas— su papel a favor de las víctimas de violencia de género.  

Tiempos oscuros y de negacionismo

Lucía no está sola en esa discusión. La Corte Suprema también está definiendo si mantiene la figura de femicidio de Julieta González, asesinada en Mendoza en 2016: la defensa del condenado alega que no eran pareja formal. A Dana Pontoriero, a quien su ex le gatilló en la cabeza, la Casación nacional le bajó la pena al agresor porque la relación no tenía “el grado de estabilidad” necesario y a Lucia se lo quitaron porque según los jueces “no tenían la intención de matarla”. A una le falta la intención; a otra, la formalidad; y la otra, la estabilidad. En ninguno de los casos niegan la violencia: lo que se discute es el tipo de violencia, “Es el odio al género, la misoginia. Eso es lo que se está castigando”. Si caen Julieta y Lucía, advierte, “olvidate de los otros casos”.

Pero Marta no habla desde la derrota. Sabe que el momento es hostil, que hay un gobierno al que llama “negacionista”, y aun así repite que nada de eso les tiene que bajar los brazos. Su confianza está en lo que ya se conquistó y no se borra con un fallo: la unión de las mujeres, la de las víctimas, la de las familias que aprendieron a moverse juntas. También en las leyes y en los tratados que la Argentina firmó, como la Convención de Belém do Pará y la CEDAW, que tiene jerarquía constitucional y obliga al Estado más allá de cualquier gobierno. “¿Cómo hacemos si a nuestras hijas, a nuestras hermanas, a nuestras compañeras ya no las tenemos? ¿Nos quedamos sentadas a que sigan pasando?”, pregunta, y ella misma se contesta: “De ninguna manera“. 

Hoy, jueves 8, desde las 10am, la familia se concentra frente a Tribunales. El mural con los ojos de Lucía ya está pintado. Marta invita a mujeres, varones y chicos: “El lugar donde tenemos que ir a sentarnos y a mirarles la cara es ese, porque ahí son los jueces los que deciden por la vida de nuestros hijos”. 

Y haciendo nuestras sus palabras, como dijo Marta después de la primera resolución de los jueces en 2018, ‘esto no termina acá, acá vamos a seguir’. Será Justicia.  

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