Podría haber muerto en silencio, pero eligió luchar y devenir eterna: le dio nombre a dos decretos, tumbó un gobierno e inspiró una huelga que se adivina histórica.
Podría haber muerto en silencio, pero eligió luchar y devenir eterna: le dio nombre a dos decretos, tumbó un gobierno e inspiró una huelga que se adivina histórica.

El Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid despidió a Maricarmen Abascal con una carta publicada en el diario español El País. La mujer, de 87 años, murió el miércoles 7 de octubre, catorce días después de ser desalojada del piso del barrio de Retiro en el que vivía como inquilina desde 1956. Desde el desahucio, ejecutado el 23 de septiembre, había permanecido internada. Su resistencia a dejar la casa de toda su vida la convirtió en símbolo de la lucha por la vivienda en España, en medio de un debate que sacudió la agenda política y que desembocó en la convocatoria a una huelga general por la vivienda para el 11 de noviembre. La organización que la acompañó en esa pelea la recordó con estas palabras:
Cuando Maricarmen Abascal pisó por primera vez la que iba a ser la casa de su vida, en 1956, ninguno de sus verdugos había nacido todavía. Ni los especuladores que tanta prisa tuvieron en rentabilizar su inversión echándola a la calle, ni la jueza que ordenó su desahucio sin atender ruego alguno, ni los policías que ejecutaron dicha orden diligente y despiadadamente, ni los gobernantes que, por obra u omisión, consintieron, impulsaron o hasta jalearon todo el proceso. Pero la vida de Maricarmen va mucho más allá de estas dos semanas en las que su nombre ha dado la vuelta al mundo.
Nacida entre las ruinas de un Madrid que resistía, bajo las bombas, el asedio del fascismo, Maricarmen quedó huérfana de padre demasiado joven y tuvo que ponerse a trabajar para sostener a su familia en una época en que no era fácil ser mujer. Su esfuerzo y determinación le permitieron crecer profesionalmente y recorrer el mundo en viajes de trabajo que fueron llenando su salón de souvenirs y su vida de experiencias. Se convirtió en una mujer independiente y sin miedo, el mejor ejemplo de una España que recuperó sus libertades con sudor y sangre. Cuidó de su madre hasta el último aliento y cotizó hasta ganarse el derecho a una pensión digna que debía haberle permitido acabar sus días con desahogo. Toda una vida bajo el mismo techo que la vio llegar como adolescente; toda una vida plena y digna como inquilina.
El burofax que, por primera vez, le instaba a buscar otro lugar donde morir, se dio de frente con una mujer a la que la vida le había imprimido carácter. Con la misma determinación con que había sacado a los suyos adelante, Maricarmen decidió luchar, pero no solo por ella: por el derecho de cualquiera a construir un hogar digno y estable aun sin ser propietario, es decir, por los contratos indefinidos y la dignidad de las vidas inquilinas. Así apareció una tarde en nuestra asamblea de bienvenida y, desde el primer momento, vimos en su mirada que nunca vacilaría a la hora de defender lo que sabía justo. Lo que no imaginábamos entonces era hasta qué punto iba a cambiar nuestras vidas y la historia de este país.
Maricarmen podría haber sido una víctima más de este rentismo inhumano que, sin estruendo, destruye vidas y ciudades con la misma saña y el mismo propósito que las bombas que la vieron nacer. Pero eligió ser la última e hizo de su hogar una trinchera en la que defender los derechos de todas. No estuvo en nuestras manos alargar su vida lo suficiente para que disfrutase la victoria de recuperar su casa de las garras de los buitres, pero sí está en nuestras manos, y en las tuyas, cumplir su última voluntad: que nadie más tenga que dar su vida para tener un sitio donde vivir y morir con dignidad.
Podría haber muerto en silencio, pero eligió devenir eterna, convirtiéndose en el amuleto que necesitábamos contra el pesimismo, la resignación y la impotencia. Le dio nombre a dos decretos, tumbó un gobierno e inspiró una huelga que se adivina histórica. Fue militante y fue familia, fue cabezona y cariñosa, fue valiente y vulnerable, por ella y por todas. Hoy estamos rotas, pero agradecidas por tantas lecciones. Tuvimos la inmensa fortuna de militar a su lado. Hasta siempre, Maricarmen.
Pablo Escobar, el líder del cartel de Medellín, murió el 2 de diciembre de 1993 en un operativo de las fuerzas de seguridad colombianas. Su hijo tenía entonces 16 años. Tras la muerte de su padre se instaló en la Argentina con su madre y su hermana, y adoptó una nueva identidad. Con los años se recibió de arquitecto y escribió libros sobre la historia de su padre. En 2009 protagonizó el documental “Pecados de mi padre”, de Nicolás Entel, en el que se encontró con hijos de víctimas del narcotraficante en busca de una reconciliación.
En la carta, Escobar Henao también recordó el humor de su amigo y una frase que, según él, Piero le repetía. “Te quiero, mi querido amigo ‘bancario'”, escribió, y citó: “Vos y yo no somos bancarios. No vamos a querer vivir la vida todos los días atrás de un vidrio contando dinero. Yo quiero vivir la vida, ser libre”.
El mensaje también fue de agradecimiento: “Gracias por ser quien fuiste conmigo y con mi familia”, escribió. Y enumeró: “Qué privilegio. Qué honor. Qué orgullo. Qué alegría. Qué recuerdos. Qué momentos, alegres y duros, soportamos juntos, hermano del alma mía”.
Hacia el final, se negó a despedirse: “No me quiero despedir, porque no te vas. Donde sea que estés, ahí estaré para ti”. Y cerró: “Fuiste una persona muy importante en mi vida. Qué afortunado soy de ser tu amigo. Hasta siempre, Piero”.
El vínculo de Piero con Colombia va más allá de esta amistad. Durante su exilio, entre 1976 y 1981, en tiempos de la última dictadura argentina, vivió un tiempo en Bogotá antes de instalarse en España. En 1994 recibió la ciudadanía colombiana y fue nombrado Embajador de la Paz. En aquella ocasión dijo: “Ser colombiano es más importante que recibir un Grammy”.
En las décadas siguientes dio conciertos gratuitos en zonas atravesadas por el conflicto armado, como Urabá y el Cauca, y respaldó públicamente el “Sí” en el plebiscito por el acuerdo de paz de 2016. Su última presentación en ese país fue en abril de este año, con la obra infantil “La sinfonía inconclusa en la mar”.
Piero murió en la mañana del miércoles en el Hospital Italiano, donde estaba internado desde hacía algunos días. Nacido en Italia y radicado de chico en la Argentina, se convirtió en una de las voces centrales de la canción popular de los años setenta. Entre sus temas se cuentan “Mi viejo”, “Soy pan, soy paz, soy más”, “Para el pueblo lo que es del pueblo” y “Manso y tranquilo”, muchos con letra de José Tcherkaski.
Esa paz que cantaba aparece también en la carta de su amigo. “Te extraño tanto, y más que el mundo entero que hoy entona tus canciones de paz y amor”, escribió el hijo de Escobar.
Juan Pablo Escobar Henao, que vive en la Argentina como Sebastián Marroquín, publicó una carta en la que recordó al cantautor como su primer amigo en el país y contó qué le pasó la primera vez que lo escuchó cantar “Mi viejo”.
El músico será velado este jueves en una sala de la Ciudad de Buenos Aires y sus restos serán trasladados el viernes al Cementerio de la Recoleta.
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