Los últimos acontecimientos, desde los episodios alrededor de la despedida de Leo Messi hasta el superclásico que se viene y la definición del torneo, pasando por el cruce de acusaciones, las sospechas sobre los arbitrajes y los insultos a Chiqui Tapia, envuelven al fútbol argentino en un enchastre que no está a la altura histórica de sus protagonistas.
River hace rato que viene planteando a la AFA reclamos razonables y compartidos por buena parte del fútbol argentino: los 30 equipos de Primera, el inédito formato del torneo, la increíble acumulación de ocho títulos anuales en juego, los descensos y su complejidad, y el reparto de los ingresos, una discusión que lleva décadas sin resolverse.
La AFA responde que todo se vota en el Comité Ejecutivo y que quizá en 2027 se pueda discutir para aplicar cambios al año siguiente. Pero, al mismo tiempo, desde el entorno acusan a River de boicotear la fiesta de Messi, buscar voltear a Tapia y construir alianzas para romper el esquema de poder de Viamonte. A Stefano Di Carlo, presidente del club, hasta lo califican de golpista.
En medio de tanto entuerto, hay una paradoja que vale recordar y confunde aún más el tema. Hace menos de un año, Tapia estuvo presente en la asunción de Di Carlo, un hecho inédito en la historia de River. El vínculo personal había atravesado buenos momentos, pero no alcanzó para evitar que la relación institucional volviera a entrar en guerra, ahora más explícita y declarada.
La pelea se parece a la que River mantuvo durante la gestión de Rodolfo D’Onofrio. Entonces, el éxito deportivo amortiguaba el conflicto. Ahora, en plena crisis futbolística, cada fallo arbitral alimenta sospechas y el canto contra Tapia se convirtió en una cita obligada en la cancha. Así, en lugar de bajar, el volumen del conflicto escala y aturde.
River no necesita ganar un torneo o un superclásico para tener razón en sus reclamos. Y la AFA no puede escudarse en las votaciones para clausurar una discusión necesaria sobre el funcionamiento del fútbol argentino. Que algo se vote no lo vuelve justo ni lo vuelve irrevisable. Las relaciones de poder no siempre están construidas sobre el bien común y menos sobre el sentido común.
El superclásico y la definición del torneo llegan en un clima enrarecido, en el que cualquier episodio puede profundizar la grieta. Por eso, alguien tiene que decir basta. No para que River deje de reclamar, sino para que discutir reglas, formatos e ingresos no se convierta en una guerra de acusaciones y sospechas. Si todos están dispuestos a decir la última palabra, no hay última palabra.
Lo cierto es que la AFA tiene más responsabilidad institucional para descomprimir una pelea que excede a dos dirigentes. River debe sostener sus reclamos, pero el fútbol argentino necesita respuestas, no enemigos, porque cuando la disputa por el poder termina ocupando el lugar de la discusión sobre cómo mejorar el fútbol, el que pierde es el fútbol mismo. Es hora de que alguien diga basta: de lo contrario, la grieta se va a tragar todo y será demasiado tarde para lágrimas.