Antes fueron las anfetaminas, las fórmulas magistrales y los batidos; hoy es una inyección semanal. Una usuaria, un nutricionista especializado en trastornos alimentarios y un cirujano bariátrico cuentan qué hay detrás del furor por la semaglutida.
Antes fueron las anfetaminas, las fórmulas magistrales y los batidos; hoy es una inyección semanal. Una usuaria, un nutricionista especializado en trastornos alimentarios y un cirujano bariátrico cuentan qué hay detrás del furor por la semaglutida.

¿Cuánto tiempo ocupa de tu vida pensar en tu cuerpo? ¿Cuántos pensamientos dedicas al día a pensar alrededor de la comida? ¿Está bien esta porción? ¿tendré hambre? no quiero tener hambre. ¿Cuántas calorías tiene esto? . Conseguir a alguien que contara su experiencia con estas inyecciones me llevó más tiempo que cualquier otra parte de esta nota. Todo el mundo conoce a alguien que se lo aplica; casi nadie quiere decirlo en voz alta. Cuando por fin Lucía (nombre cambiado para preservar su identidad, 30 años, Ciudad de Buenos Aires) aceptó hablar, empezó por lo que más le había impresionado: “Llegó un punto del tratamiento donde yo hasta podía estar todo un día sin comer o comiendo una pavadita y no tenía hambre. Capaz que iba a una reunión y tenía enfrente picada, comida, y no me daban ganas de tocar nada”.
Lucía no tenía obesidad. Mide 1,60cm , pesaba 75 kilos y hacía años que no lograba bajar de ahí, aun entrenando y con nutricionista. En siete meses de inyecciones semanales bajó unos 10 kilos. “Lo mío fue puramente estético porque tampoco tenía problemas de salud relacionados con la obesidad o con el sobrepeso”, dice sin vueltas. La escucho y pienso al final, en el fondo de la cuestión, ¿acaso no lo hacemos todos en algún punto por algo estético?. Como menciona un capitulo de South Park, “la gente rica obtiene Ozempic y los pobres body positive“.
La semaglutida (popularizada por la marca Ozempic y vendida también con otros nombres, como Wegovy y las nacionales Dutide y Obetide; de la misma familia es la tirzepatida, que se vende como Mounjaro) imita una hormona que segrega el intestino: da saciedad y quita el hambre. Nació para la diabetes tipo 2. Pero en redes y consultorios se volvió otra cosa: según una encuesta de Bain & Company, el 9% de los argentinos dice usar o haber usado medicamentos de esta familia; en Estados Unidos, según Gallup, el 11% de los adultos — es decir aproximadamente 1 de cada 9 — utiliza droga de GLP-1 para bajar de peso, casi cuatro veces más que en 2024.
A fines del siglo XIX se recetaba hormona tiroidea para adelgazar. En los años 30 llegó el dinitrofenol, un derivado de la industria de explosivos que dejó cataratas y muertes. Entre los 40 y los 70 fue el turno de las anfetaminas para amas de casa y de las rainbow pills, cápsulas de colores que mezclaban estimulantes, diuréticos y laxantes. En los 90 se impusieron los batidos sustitutos de comidas y el fen-phen, retirado en 1997 por dañar las válvulas del corazón.
En Argentina, el recorrido tuvo nombres propios. La tele vendía las tabletas Reduce Fat Fast, de Jorge Hané, hasta que la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) las prohibió en 2005. Las cápsulas magistrales que combinaban anorexígenos, ansiolíticos, diuréticos y hormonas se vendían en farmacias hasta que en 2006 la provincia de Buenos Aires las prohibió por “grave riesgo para la salud”. En 2010 la ANMAT suspendió la sibutramina, un inhibidor del apetito retirado en todo el mundo por riesgo cardiovascular. Y en 2021, el “polvito” Satial, que promocionaban famosas como Moria Casán, fue imputado por publicidad engañosa.
A la par se sumaron la dieta cetogénica, el ayuno intermitente, los polvos proteicos, el balón gástrico que se traga con un vaso de agua y todo, absolutamente todo lo que existe detrás del gran negocio de la estética y sus demandas.
A la par se sumaron la dieta cetogénica, el ayuno intermitente, los polvos proteicos, el balón gástrico que se traga con un vaso de agua y todo, absolutamente todo lo que existe detrás del gran negocio de la estética y sus demandas.
Para el cirujano bariátrico Eduardo Babor, el negocio nunca se fue: “Se lucra mucho con la obesidad”. Aunque también podríamos decir, que en realidad el verdadero negocio es el de la delgadez.
Dando por cierto lo que dice el Dr. Babor: tener obesidad no es lo mismo que no tenerla, y un mismo medicamento no significa lo mismo en un cuerpo que vive con obesidad que en uno que solo quiere achicarse unos talles. Pero entonces la pregunta se corre: ¿Qué pasa con todas las personas que no tienen obesidad y aun así pasaron la vida tomando, tragando y espolvoreando la comida con algo para adelgazar?
Ahí aparece el negocio de la delgadez: una exigencia estética que recae sobre todo en las mujeres, un cuerpo en evaluación constante (en la mirada ajena, en el probador, en la balanza y en la peor de las miradas: la de una misma); una línea directa entre el mandato, el bienestar y la autoestima. Las pastillas, los polvos y las inyecciones no se vendieron solo a pacientes con obesidad: se vendieron primero a mujeres que querían llegar, apenas, al cuerpo promedio.
“Ni siquiera estaba gorda, estaba rellenita, pero tener kilos de más me afectaba”, cuenta Lucía. “Yo no quería ser palito, palito. Pero bueno, sí quería salir de los 70k”. Cansada de no poder bajar esos kilos de más ni con dieta ni con entrenamiento, consultó a la endocrinóloga que atendía a familiares suyos con obesidad, que ya estaban en tratamiento con Dutide. La médica le dio el okey y le pidió análisis de sangre antes, durante y después: un punto a favor teniendo en cuenta que muchos no hacen evaluaciones antes sino que solo al final del tratamiento o nunca.
Pero nadie le preguntó por su salud mental ni la derivó a una nutricionista o a un psicólogo. Tampoco le explicaron qué pasaría cuando dejara la medicación: “Lo fui descubriendo ahora”, dice y se rie con cierta ironía. Si bien Lucia le dijo que ella sabía qué comer, no fue dotada de un plan nutricional en especial, ni derivada a un nutricionista, tampoco nadie le advirtió lo que iba a sentir en el cuerpo: “Cuando empecé con las inyecciones y empecé a comer mucho menos, tuve que dejar de entrenar, pero porque no me daba el cuerpo, no tenía energía directamente”. Recién recuperó algo de fuerza a los tres meses, cuando faltó stock y volvió a comer. “Algo que yo vi fue que, por ejemplo, se me cayó mucho el pelo en ese lapso”, cuenta.
Por su lado, Iván Ramírez Bravo, Licenciado en Nutrición. Especialista en Trastornos Alimentarios (MP 168), advierte que a sus consultorios “llegan consultantes que ni siquiera tienen sobrepeso ni obesidad, no le encuentro justificativo de por qué le han prescrito esta medicación”, cuenta. Y así resume cómo, muchas veces, se receta en una consulta rápida y sin seguimiento: “Toma te prescribo la lapicerita y sacá las harinas”. “Te llegan consultantes y no saben ni para qué se lo han dado, no saben ni qué, ni cómo actúa, ni por cuánto tiempo”, describe. Por eso se pregunta si se están dando consentimientos informados antes de recetar, y por qué casi nadie deriva a nutrición y psicología para hacer “algo más completo e integral”. Él no lo recomienda ni lo desaconseja: “Yo no digo ‘usá’ o ‘no uses’. Yo creo que aquí es importante que el consultante tome una decisión informada”.
El cirujano bariátrico Eduardo Babor, director del Centro de Estudio y Tratamiento de Obesidad Severa (CETOS), coincide desde otro lugar: “Hoy se ha puesto el marketing por encima de la ciencia”. No es el único que lo advierte: un consenso internacional de 45 especialistas y personas con experiencia propia, liderado desde la Universidad de Dalhousie (Canadá) y publicado en octubre en la revista World Psychiatry, recomienda usar las redes sociales para “contrarrestar el marketing predatorio” de estos medicamentos. Su advertencia es tajante: “No la podés tomar como una pastilla de menta porque tiene efectos adversos: tiene problemas sobre la tiroides, sobre el páncreas, sobre la vista”.
La plata también decide. Lucía eligió la versión nacional “por una cuestión económica”: la primera caja le costó unos 80.000 pesos y la última, ya en dosis más alta, 182.000. Las prepagas no están obligadas a cubrirlo para bajar de peso.
La diferencia es grande: la caja de Ozempic de 1 mg figura a unos 431.000 pesos en la lista del programa de pacientes del propio laboratorio, más del doble de lo que Lucía pagó por la nacional en la misma dosis. Y la desconfianza hacia la versión local, que muchos usuarios repiten, para Babor no tiene sustento: “Eso es una mentira”. Explica que la diferencia que importa no es entre lo nacional y lo importado, sino entre las presentaciones y la droga en sí misma.
Detrás de esa diferencia de precio hay, además, una pelea entre laboratorios. La versión nacional existe porque Argentina tenía, desde 2012, reglas muy restrictivas para patentar fármacos, que permitían a los laboratorios locales producir la misma molécula. En marzo de 2026, el Gobierno derogó esas reglas: las multinacionales, agrupadas en la Cámara Argentina de Especialidades Medicinales (CAEME), celebraron la medida, y los laboratorios nacionales de la Cámara Industrial de Laboratorios Farmacéuticos Argentinos (CILFA) se opusieron. Qué pasará con las próximas drogas para adelgazar, y con sus precios, todavía está abierto.
Lucía cortó de golpe cuando llegó al peso que quería. La médica le comentó que a veces la dosis se va reduciendo de a poco, pero ella fue tajante: “Doctora, ya está, ya llegué y listo, no tengo más ganas de gastar plata en esto”. Dos meses y medio después cuenta que subió un kilo y medio. Cuando le pregunto si lo vive con miedo, con frustración o como parte del proceso, responde: “Con las tres cosas que dijiste”. Ahora vigila cada comida: “Uy, ayer ya cené esto, bueno, hoy voy a almorzar algo más tranqui”, o “Uy, hoy no fui a entrenar, mañana voy sí o sí, aunque sea un ratito, por más de que esté cansada”, dice asumiendo esa negociación constante con ella misma.
El hambre volvió rápido. Ya lo había notado a los tres meses de tratamiento, cuando faltó stock: “Estuve como quince, veinte días sin dosis, y esos quince, veinte días volvió de vuelta todo (…) volví a tener hambre”. Ahora, sin la medicación, vive en estado de alerta: “Me doy cuenta de que como ya recuperé el apetito y ya puedo comer normalmente y me puedo ir a un restorán y darme una panzada, entonces sí me pasa mucho esto de quedar como alerta en: ‘comí de más’ o ‘Estoy comiendo demasiado esta semana y voy a controlar'”. También volvieron los antojos: “Ya me volvió las ganas de: ‘ un chocolatito’, eso es lo que más me está costando”.
“Venía comiendo re poquito, me acostumbré y ahora el cuerpo no me deja comer poquito”, resume. “Me cuesta sostener el mantener porciones chicas, pero porque mi cuerpo tiene hambre”. Sabe que la medicación sigue ahí, como “una herramienta que está ahí en el caso que vuelva a necesitarla”, aunque la idea es no volver. Mientras tanto, admite: “Sí, me genera un poquito de presión el querer mantenerlo”.
Lo que nadie le explicó es lo que los dos especialistas repiten casi con las mismas palabras: en obesidad , estos fármacos son de uso crónico. “No es para hacer un año y suspender”, dice Ramírez Bravo. Babor usa la misma comparación: “Si vos habrás hablado alguna vez con un paciente hipertenso, toma la pastillita de la presión siempre; el día que una semana no la toma, la presión sube”. Los estudios muestran que, al suspender, buena parte del peso perdido vuelve en uno o dos años.
Me detengo acá solo para pensar una idea, de los números que mencionamos antes, ¿se imaginan cuánto dinero puede significar para los laboratorios, si en un país que cuenta con 349 millones de personas (Estados Unidos), hay 1 de cada 9 adultos que paga por un producto de uso crónico? Desconozco la cifra, pero asumimos que debe ser bastante. ¿No?
Ramírez Bravo lo explica con la teoría del punto de ajuste: el cuerpo tiene un rango de peso y, ante una baja brusca, se defiende. A eso se suma la pérdida de músculo: “Se pierde aproximadamente, según diferentes reportes, diferentes estudios, entre un 20 al 40% de masa magra”, advierte. “Podés bajar mucho de peso y perder un porcentaje importante de masa muscular y no es para nada saludable”.
Para quien tiene una relación difícil con la comida, el riesgo es mayor. Ramírez Bravo cuenta que, en su consultorio, el medicamento generó trastornos nuevos y agravó otros, aunque todavía no hay estadísticas que lo midan. También cita un estudio, todavía preliminar, según el cual las personas con obesidad y diagnósticos previos de salud mental tuvieron el doble de probabilidad de desarrollar un trastorno alimentario en los dos años posteriores a empezar el tratamiento. “El fármaco te va a ir al cuerpo, no te actúa a nivel de salud mental”, advierte. “Si vos dejás la droga, bueno, va a volver todo lo que ya estaba”.
Ramírez Bravo explica cómo debería hacerse: “Una encuestita de cuatro o cinco preguntas, hay dos cuestionarios que son muy conocidos, que te sirven rapidísimo para decir, bueno, si vos puntuás de dos o más puntos en estos cuestionarios, hay un posible o alta sospecha de que tengas un TCA. Entonces te derivo a una psicóloga y a un nutri para que evalúen si vos sos candidata”. Pero en su consultorio ve lo contrario: médicos que “aun sabiendo que el consultante tiene, por ejemplo, anorexia nerviosa restrictiva sin bajo peso, han prescrito esta medicación. Y eso es grave”.
“Pueden ser las dos”, responde Ramírez Bravo. A algunas personas el medicamento, bien acompañado, les cambió la vida; otras lo usan para entrar en un talle. Babor insiste en que “obesidad es igual a enfermedad, no es un problema estético”, y que estas drogas sirven solo dentro de un equipo con nutrición, psicología y clínica.
Lucía no se arrepiente. Sobre cómo se siente hoy, dice: “No sé si la palabra es más segura, me siento más cómoda”. Y cuenta algo más: “Empecé a ver como diferentes tratos ,de los hombres, hacia mí desde que bajé estos 10 kilos. Entonces ahí fue como bueno, decimos que no es tan importante, pero sí es importante”. Y claro que lo es, el negocio de la delgadez, es reforzado por todos en esta sociedad: tanto los mercados y la publicidad como las personas.
Cada voz deja su advertencia. Para Babor, “los medicamentos son buenos, no pueden usarse en forma sola, no se puede automedicar”, y no son para cualquier caso: “Esto no sirve para bajar 2 kilos. Para 2 kilos andá a una nutricionista, hacé ejercicio”. Ramírez Bravo resume la línea del consenso canadiense: “No demonizar y tampoco tomarlo como caramelos”. Y Lucía, para quien “fue una experiencia positiva”, sí lo recomienda, pero no de cualquier manera: “Que empiece, que pruebe, que haga su propio camino. Sí hay algo que también diría es que lo haga acompañado de los profesionales correspondientes . Que lo haga integral, no solamente me doy las inyecciones, bajo y listo”.
Esta nota no busca demonizar ni recomendar. Cada cual es libre de elegir el camino que desee, pero es importante tener la información en la mano y un equipo detrás que acompañe y se cerciore de todo. Y, antes que nada, hacernos tres preguntas: por qué lo hacemos, para qué y con quienes.
Ahí está, creo, el centro de todo. Las anfetaminas, las cápsulas magistrales y los batidos pasaron de moda; la cultura de la delgadez es la moda y el negocio más antiguo de todos.
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