Tensión en la cadena de pagos por el incremento de la mora corporativa

La morosidad empresarial en Argentina crece desigualmente, afectando principalmente a las pymes, que registran un incumplimiento del 4%. Mientras las grandes corporaciones mantienen solidez, la construcción y el comercio sufren por la falta de liquidez y el elevado costo financiero.

Salarios castigados

El sistema financiero argentino enfrenta una etapa de fragilidad que trasciende el endeudamiento de los hogares. Durante el último tramo del año pasado, el incumplimiento en los créditos comerciales experimentó una aceleración notable, alcanzando una tasa de irregularidad del 2,7%. Este fenómeno refleja un deterioro sustancial en comparación con los niveles observados en 2024, cuando la cifra apenas rozaba el 1%. Según diversos relevamientos, la falta de liquidez y la ausencia de una reactivación económica clara están asfixiando la capacidad de respuesta de las unidades productivas, forzándolas a priorizar gastos operativos inmediatos por encima de sus compromisos bancarios.

Disparidad financiera entre los grandes grupos y las pequeñas firmas

La estructura del crédito local evidencia una asimetría profunda: un puñado de grandes corporaciones concentra casi la mitad del volumen de préstamos, manteniendo una conducta de pago casi impecable con apenas un 0,9% de mora. En la otra vereda, las pequeñas y medianas empresas cargan con el peso de la coyuntura, registrando un índice de morosidad que escala al 4%. Para este segmento mayoritario, el acceso al capital ha dejado de ser una palanca de crecimiento para transformarse en un recurso de supervivencia ante el encarecimiento de las tasas y el enfriamiento del mercado interno. Sectores como el inmobiliario y el retail son los más afectados, mientras que el agro y la energía logran sostener promedios más saludables gracias a su perfil exportador.

Advertencias internacionales y vulnerabilidad del sistema bancario

La calificadora Moody’s ha puesto el foco en la degradación de los activos bancarios, advirtiendo que la inflación persistente y la erosión del poder adquisitivo seguirán presionando la calidad de las carteras durante 2026. Aunque las entidades financieras conservan solvencia, el aumento de los préstamos en situación de riesgo amenaza con restringir aún más la oferta de crédito. Analistas de consultoras locales coinciden en que este endurecimiento de las condiciones bancarias podría generar un efecto de retroalimentación negativa, donde la dificultad para refinanciar deudas termine profundizando la parálisis de la actividad económica.

El peso de la deuda familiar y el freno al consumo

En paralelo, la radiografía de las finanzas hogareñas muestra signos de agotamiento extremo. Con más de 20 millones de ciudadanos bajo algún tipo de compromiso crediticio, la morosidad en el sector de familias promedia el 13%, trepando hasta un alarmante 24,6% en el ámbito de las financieras no bancarias y fintech. Este alto nivel de apalancamiento, utilizado en gran medida para cubrir necesidades básicas durante los últimos dos años, representa un obstáculo para cualquier intento de reactivación. Los especialistas advierten que, incluso ante una eventual mejora de los ingresos reales, el flujo de dinero se destinará prioritariamente a regularizar deudas previas, postergando cualquier repunte significativo en la demanda de bienes y servicios.

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