Edgardo Esteban, ex combatiente y autor de Iluminados por el fuego y ahora su último libro La última batalla, desarma su rompecabezas malvinense ante esta redacción: la guerra que no se va, una identidad robada y un baño esperanzador con su hijo.
Edgardo Esteban, ex combatiente y autor de Iluminados por el fuego y ahora su último libro La última batalla, desarma su rompecabezas malvinense ante esta redacción: la guerra que no se va, una identidad robada y un baño esperanzador con su hijo.

El reloj marca las 14:00 y Edgardo Esteban tiene el pulso acelerado de quien está a punto de salir a escena. Viene de un lugar y luego se irá a otro. Tiene solo veinticinco minutos antes de salir a la presentación de su nuevo libro, pero antes —con la amabilidad que lo caracteriza— se detiene a desarmar el rompecabezas de su propia historia ante una nueva nota. Como cada abril, ese mes que le muerde los talones desde hace cuarenta y cuatro años y para el que nunca se está preparado.
Edgardo se define como un hombre que ama la vida, que vive muy en el presente con sus afectos y amigos. Sin embargo, pese a los años y a la vida transcurrida, para Edgardo “ese día es un día que vuelven ciertas angustias que uno cree superadas. Ese día te das cuenta que la guerra nunca se va, que va a estar hasta el último día de mi vida y que va a perdurar por siempre”. Para él, el periodismo y la escritura no han sido oficios, sino bisturíes para “exorcizar los fantasmas y escupir el dolor”, de una historia que más que mirar para atrás necesita mirar hacia el futuro.
La historia reciente de Edgardo, la que pronto presentará oficialmente y se cuenta en las páginas de su nuevo libro “La última batalla”, tiene el tinte surrealista de una película de espionaje y la crueldad del capitalismo de plataforma. Su propia cédula militar, el cartón que certificaba quién era mientras el frío le calaba los huesos en las islas, apareció en una subasta de eBay. Toda una historia, una vida, una identidad, convertida en un objeto de colección. El vendedor se escondía tras el seudónimo “Harry Pete”.
“Mi identidad. Nadie me pidió permiso para venderla ni para usurparla… El señor fue muy hostil, muy desagradable con nosotros… estaba obsesionado con esa cédula. No la iba a devolver y me subestimó”. Recuperar ese pedazo de papel le llevó meses de litigios en el Reino Unido, un abogado providencial y un viaje que terminó con el documento en las manos del Papa Francisco.
No era un trofeo de guerra; era, sencillamente, él mismo.
Su nueva obra, La última batalla, se mira de frente con la mítica Iluminados por el fuego. Se conversan entre ellas. Las tapas se parecen, las fotos del soldado joven se repiten, pero el hombre que escribe ya no es el mismo. Mientras que Iluminados era el relato de “el personaje que hablaba apenas volvió de la guerra”, este nuevo libro presenta a “un personaje que habla con 42 años después de la guerra”.
“Yo creo que la voz en este libro ha madurado. Tiene la carga del tiempo, de esa mochila que te acompaña. La guerra no se va con el eco del final de la guerra o de las bombas, siempre va a estar. Entonces está en el cuerpo, está en la cabeza y este libro es como un espejo del anterior. Yo creo que se miran, se interpelan.”
Edgardo va y viene, retrocede en el tiempo hasta sus días en Radio El Plata, cuando Santo Biasatti le concedió un mes de licencia para buscar el silencio en el sur, en Río Gallegos, y escribir allí lo que dictaba la memoria y gestar finalmente lo que fue Iluminados por el fuego. En aquel refugio austral, él creía que estaba gestando un adiós definitivo: “Para mí era cerrar y fue todo lo contrario, fue como un granito de arena que empezó a crecer y sigue creciendo”. Desde ese primer impulso, su vida se convirtió en una sucesión de supuestos finales —la dirección del museo Malvinas, la publicación de siete libros— que el destino siempre terminaba por reabrir ante su propia insistencia de “bueno basta, esto es lo último”.
Ahora, mientras vuelve a pronunciar esas palabras, ya asoma un nuevo proyecto nacido del reencuentro con sus antiguos compañeros del Grupo de Artillería Aerotransportado 4, una obra que imagina reconciliadora y que pone a prueba, una vez más, su vieja promesa de retiro. Al final, Edgardo acepta esa deriva incierta que define tanto su oficio como su destino, admitiendo con una sonrisa cansada que “si hay algo que le debo al periodismo es eso, que nunca sabés lo que va a pasar”.
Para Edgardo, “malvinizar” es un verbo que se conjuga en futuro y que nació de una charla de oficina cuando era director del Museo Malvinas. No es solo el recuerdo de las trincheras, sino una urgencia que late en el mar austral: “Malvinas es pasado pero es futuro por todo lo que está pasando ahora con nuestro mar austral”, explica, mientras detalla cómo la pesca del calamar pasó de 100.000 toneladas a apenas 18.000 por la depredación de los permisos británicos.
“Hay que malvinizar y soberanizar. Y no solamente la soberanía territorial o marítima, la soberanía educativa, cultural, económica, comunicacional, la de los derechos humanos, la individual, es decir el respeto hacia el otro. Porque en definitiva Malvinas, como te decía antes, como pasa el 2 de abril, es la celeste y blanca, eso nos identifica mucho. Cuando celebramos los goles de Maradona —este año se cumplen 40 años de los goles a los ingleses— es Argentina. Y cuando se escuchaba ‘los pibes de Malvinas que jamás olvidaré’ en el mundial de Qatar… hasta en japonés se cantaba. ¿Qué será Malvinas?, se preguntarán los japoneses. O en ‘El Eternauta’, ¿no? Entonces me parece que eso es lo importante, malvinizar y soberanizar.”
Su mirada sobre la soberanía trasciende los turnos electorales; “Malvinas debe ser una cuestión de Estado”, más allá de las banderas partidarias. Edgardo observa con preocupación los movimientos en las Naciones Unidas y advierte sobre el riesgo de perder apoyos históricos. Critica la falta de una posición conjunta y la ligereza con la que se habla de la autodeterminación, un tema que define como “cosas que no se tocan” ante una usurpación que en 2033 cumplirá 200 años. Su optimismo es de largo aliento: “pueden pasar 5, 50 o 500 años pero la bandera argentina en algún momento va a flamear, corresponde que flamee”, sostiene, mientras calcula los 197.000 millones de dólares que la pesca se llevó entre 1983 y 2021, recursos que podrían haber transformado la realidad de jubilados, escuelas y rutas argentinas.
Ante una política de Estado que habla de autoproclamación, recorta los presupuestos destinados a la memoria, ¿cómo enfrenta una sociedad que está agotada, cómo se construye una Malvinización que mire hacia adelante? Ante el riesgo de que Malvinas se convierta en una efeméride vacía que se agota después del 2 de abril, Edgardo propone un trabajo cotidiano de memoria.
“A mí viste me cuesta mucho porque siempre te llaman estos tres días, hasta el 3 de abril y después nadie más habla de Malvinas porque ya pasó la efeméride, bueno ahora qué viene: Semana Santa. Bueno y después viene el 1 de mayo y después viene el 25 de mayo y entonces hacemos las efemérides. Y yo creo que hay cosas que no son efemérides, que son para tener en claro que han pasado y que hemos vivido y que nos han sacudido. Y acá, es decir, lo que se está tratando de destruir es la memoria.” Le preocupa la destrucción del recuerdo en la era de la distracción digital “la pandemia, la digitalización y ahora la inteligencia artificial, el TikTok y todo este mundo no nos hace pensar.”
“El otro día, en la marcha del 24 de marzo, había muchísimos jóvenes, chicas y chicos. Ni siquiera vivieron la dictadura, ni nacieron en ella, pero algo está pasando. Fue maravilloso verlos: significa que no están encerrados en casa, sino buscando alternativas. Es como la alegoría de la caverna de Platón: hoy, en vez de sombras en la pared, vemos el reflejo de nuestro Mac, computadora o celular. Para ganar sabiduría, hay que salir, buscar el sol y darse cuenta de que el mundo es más que esos reflejos. El que subestima a los jóvenes y cree que todo está perdido, está muy equivocado, ellos son sabios. Yo valoro mucho el pensamiento de mis hijos y ellos me dan muchas respuestas.”
Para él, malvinizar es un verbo que se ejerce todos los días, una soberanía que se defiende en la cultura, en la educación y en el respeto por los compañeros caídos que quedaron allá. Pero el momento de mayor luz en su relato, donde la épica se vuelve carne y esperanza, es el regreso a las islas con su hijo.
Fue un viaje de descubrimiento mutuo, marcado por una frase que Edgardo atesora como un mantra: “No todo es barro, papá”. Bajo un cielo que amenazaba nieve, se desafiaron a bañarse en el mar a once grados bajo cero: “Yo por mirarlo a él me tropecé, me caí, una ola me tapó, me mojó todo, tenía un frío… y yo salí corriendo, dije ‘ya está, ya cumplí’. Y mi hijo salió gritando ‘viva la vida’ y estaba feliz y viste… te puedo asegurar que esa felicidad de mi hijo lo justifica todo. Y si me tuviera que meter diez veces más al mar por él lo haría. Porque ahí encontré esa comunicación, ese pequeño aporte, también como la cédula militar, como un granito de arena de lo que significó meterte en tu mar, en tu territorio. Pero también entender que no todo es barro y que hay un futuro y que hay esperanza. Y que él seguramente con sus hijos va a volver a Malvinas a meterse en ese mar a recordar a su papá y a contarles lo loco que era su abuelo excombatiente de Malvinas.”
La entrevista termina con la misma prisa con la que empezó. Edgardo debe irse a encontrar con sus lectores y amigos. Se despide prometiendo videos de aquel baño sagrado en el mar austral y fotos de pingüinos, convencido de que, aunque siempre diga que es lo último, el periodismo le ha enseñado que “no sabés lo que va a pasar” y que la historia de Malvinas siempre encontrará una nueva forma de volver.
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