A 51 años sin Alejandro Almeida, el adiós a Taty y su posta inclaudicable

Tras la partida de Taty Almeida, hoy que se cumplen cincuenta y un años de la desaparición de Alejandro, esta crónica íntima recorre los años compartidos con la Madre de Plaza de Mayo que nos enseñó que la memoria se defiende con militancia y alegría.

NOTICIAS ARGENTINAS BAIRES, JUNIO 14: Taty Almeida, la histórica referente de Madres de Plaza de Mayo (línea fundadora) falleció este domingo a los 95 años. FOTO NA: (ARCHIVO) MARIANO SANCHEZ

El 17 de junio es una fecha que marca el pulso del tiempo. Hace exactamente cincuenta y un años que Alejandro Martín Almeida fue desaparecido. Alejandro era un pibe con un poema en el bolsillo y la utopía en los pies. Su madre, Taty, habitaba entonces el mundo de lo doméstico, la vida que transcurría entre la cotidianeidad y el asombro de un hijo que se volvía hombre. Pero el 17 de junio de 1975, el suelo se abrió. Lo que siguió fue una metamorfosis lenta, dolorosa y silenciosa que terminó convirtiendo a una mujer que no conocía la calle, en una de las voces más incómodas para el poder en Argentina.

¿De dónde saca la fuerza una madre? ¿Cómo puede el dolor y la desesperación convertirse en coraje?  Taty dedico sus días, su vida entera, a la búsqueda de su hijo, a molestar al poder, a incomodar a la sociedad cómplice del silencio y también a educar, a contar la historia, una y otra y otra y otra vez; a corregir a los equivocados, pero también a ser plenamente alegre, que es lo que a ellos, a los otros, siempre les ha molestado. Mujeres que nacieron a partir de la perdida— y que lejos de ser un oscuro agujero negro— contagiaron amor, alegría y memoria. Esto que sigue no es un obituario: es algo de lo que aprendí de ella, y un reflejo de lo poco que alcanza para agradecérselo. 

Yo la conocí mucho tiempo después, cuando Taty ya era esa figura imponente que caminaba rodeada de pañuelos blancos. La primera vez que la vi yo tenía quince años. Estudiaba en el Normal Nº 7, militabamos en el Centro de Estudiantes y la convocamos para inaugurar una terraza que llevaba años en obra. Queríamos que llevara su nombre. 

Taty había caminado esos mismos pasillos décadas atrás, cuando cursó el magisterio y se recibió de docente. Al verla sentada ahí, frente a nosotros, vi a una mujer que nos miraba con una curiosidad feroz, sin el sermón acartonado de los adultos que le hablan a los jóvenes desde la altura. Sino que con la cercanía y cariño maternal que ella repartía a los pibes y pibas.

Nos sentó a todos en el patio y nos contó su historia de corrido, con una pedagogía rigurosa y la autoridad serena que solo posee una madre que ha caminado la tierra buscando huellas, contestando preguntas de adolescentes que no habían ni nacido cuando desapareció Alejandro.

Ahí entendí su recorrido: Taty no llegó a Madre de Plaza de Mayo por elección, llegó por necesidad. Como ella decía siempre: “Alejandro me parió”. Su camino se trazó desde el dolor de no saber que había pasado con su hijo, pero se consagró en la construcción de una identidad colectiva, convirtiéndose así en el mapa de nuestra propia conciencia democrática. Ella no se hizo Madre de Plaza de Mayo un día; se fue haciendo, paso a paso, en cada ronda de jueves, en cada baldosa gastada, en cada vez que tuvo que aprender a nombrar lo innombrable. 

Diez años más tarde, la escuela nos volvió a convocar a los de centro de estudiantes y a ella para conmemorar aquel acto. Taty se sentó otra vez frente a una nueva generación de jóvenes. La miré con atención: escuchaba cada duda con una nitidez limpia, como si fuera la primera vez en su vida que se la formulaban. Respondía esquivando la fórmula gastada, el casete automático de quien repite una tragedia mil veces dicha. Para ella, la memoria nunca fue un piloto automático.

La he visto dar cada nota que se le solicitó, cada acto al que la convocaron, cada charla, cada reconocimiento, llevando su historia y la de los 30 mil a cada rincón de la Argentina, con la misma fuerza que el primer día.

Este documento audiovisual  fue realizado de forma colectiva junto a un grupo de estudiantes de periodismo de ETER (Anahí Lainez, Candela Incutti, Macarena Origon, Carla Moure y Facundo Monsegur), como un registro vivo de su palabra, sus manos entrelazadas y la herencia de su lucha.

Años después, la vida me puso en un lugar de privilegio: compartir las mañanas de los sábados en El Destape durante su programa ¿Qué me contas?. Allí, la Taty que el país veía como un símbolo nacional, a mis ojos se volvía humana, tangible. La pasabamos a buscar cada s´abado para asistir a la radio, ella ya nos aguardaba con la cartera colgada al hombro.  Subía al taxi, preguntaba primero por uno y luego por el otro —cómo dormiste, cómo está la familia— y recién después se acomodaba a hablar del programa. Esa puntualidad, esa pequeña rutina no era una obsesión; era disciplina, compañerismo y cuidado.

Trabajar con ella fue entender que la calidez no es una estrategia de comunicación; es una forma de estar en el mundo. Mientras yo crecía, ella nos enseñaba que la memoria no es un mausoleo. La memoria de Taty era un organismo vivo, que se adaptaba, que preguntaba, que a veces incluso nos dejaba a los más jóvenes la tarea de explicarle lo que nosotros vivíamos, ahora, en esta época incierta.

Hoy, que Taty ya no está físicamente —nos dejó este domingo 14 de junio, a los 95 años—, el vacío no es solo la ausencia de una referente, es la tristeza de sabernos un poco más solos.

Taty se fue sin saber dónde esta Alejandro, y esa es nuestra herida abierta como sociedad.

Cuando terminaba el programa, ella siempre cerraba con su frase insignia: “Militancia y joda”. Me gustaba pensar que en esas palabras estaba su mayor lección: que el dolor por Alejandro no le pedía permiso a sus ganas de reír, y que su alegría tampoco era una traición a la búsqueda. Siempre con amor, siempre con alegría.

Hoy, a 51 años, miro el video que hicimos con los pibes de ETER y la veo ahí: eterna, con las manos que buscan y la voz que insiste. La posta ya la tenemos nosotros. Nos toca a nosotros seguir preguntando, molestar al poder, incomodar al silencio y, sobre todo, no predicar la memoria. Taty nos enseñó que la mejor forma de honrar a quienes ya no están es vivir con la misma intensidad, el mismo coraje y, por qué no, con la misma joda que ella supo imprimirle a la historia. La única lucha que se pierde, es la que se abandona.

Digan dónde está Alejandro. Hasta siempre, Taty.

La familia de Taty Almeida, invita a despedira en Plaza de Mayo el sábado 20 de Junio a las 10hs puntual.

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