Los Libros que sobrevivieron a las botas
La primera Nube estuvo tres años en Marcelo T. de Alvear 938, abierta a la calle. Pablo la había fundado con Marta Dujovne y Marcela Silberberg. Después llegaron las prohibiciones. Según contó Marcela, “caía la policía, preguntaba qué tenés, qué tenés”. Las dos debieron exiliarse por razones políticas y Pablo se quedó con el proyecto.
La mudanza a un primer piso de una casona vieja terminó siendo refugio. “Estaba como escondida. Si hubiera seguido tan expuesta, no sé si hubiera sido posible. Yo creo que eso es parte de lo que salvaguardó que La Nube pudiera seguir creciendo”. Mientras otros quemaban o enterraban sus bibliotecas, Pablo guardó todo. “Algo de inconsciencia tiene que ver”, admite Ana. Para ella, eso también fue obra de los que no se exiliaron: “Supongo que también una protección fue que la gente que siguió en el país, que no se fue, que no se exilió, o que decidió eso, quedarse, pudo guardar, porque quedó mucho material”.
Entre esos tesoros está La línea, de Ayax Barnes y Beatriz Doumerc. En sus muestras, Ana distingue dos tipos de libros censurados: los prohibidos explícitamente por decreto, que “tienen nombre, apellido, número tal, fecha”, y los que cayeron por sus autores o su temática. La línea es de los primeros. “Tiene una potencia y una fuerza”, dice. Tuvo la suerte de volver a editarse, pero tarde: “Demoró casi 40 años”. Y primero salió en otro color, hasta que se recuperó el original. “No es que le cambiaron un colorcito, es una obra en rojo y negro. La línea es roja, y entonces cambiarle un color ya es cambiar su concepto”. Junto al Museo del Libro y de la Lengua, La Nube le dedicó una muestra a la obra de la pareja. Para Ana, reeditar no es un negocio sino una decisión: “Creo que la función de La Nube es eso: que las cosas no queden en el olvido. Esos libros nos están diciendo algo”.