50 años custodiando la infancia y la memoria: qué es hoy La Nube

Pablo Medina abrió en 1975 una librería para chicos que sobrevivió a la dictadura y se volvió patrimonio. Hoy su hija Ana, coordinadora de La Nube, la sostiene con muestras que convierten los libros en escena. Una historia de herencia y de nubes que se transforman.

Hay momentos de nuestras infancias que no somos capaces de recordar con nitidez, al ser tan chicos la producción de recuerdos aún queda relegada a una mayor adultez, sin embargo, en nuestro cerebro almacenamos pequeños detalles que nos hacen saber que sí, que estuvimos allí. Un determinado olor o perfume, una textura, un libro, un mantel. Es allí donde esas imágenes difusas, se vuelven recuerdo. Ana Medina tenía dos años cuando abrió La Nube, así que su primer recuerdo es, dice, “más que nada un ejercicio de imaginación”. 

Lo reconstruye con lo que vino después: la primera vez que entró a una juguetería de madera, ya de joven, sintió el aire de aquella librería de 1975 que además de libros tenía juguetes artesanales, música y todo lo que se producía para la infancia. “Puedo indagar en mi imaginario viendo libros y siento que son parte de mi mirada”.

Este sábado 17 de octubre, desde las 15, La Nube festeja sus primeros 50 años con un festival gratuito en su sede de Jorge Newbery 3537, en Chacarita: música en vivo, títeres, teatro, narración oral y Luis Pescetti, “amigo de la casa”, entre los invitados. Si llueve, pasa al domingo 18. El festejo llega con un año de demora, porque la librería abrió en 1975 y el medio siglo se cumplió en 2025. “Estamos haciendo un festejo atrasado”, reconoce Ana entre risas. Lo pudieron concretar gracias al Mecenazgo de la Ciudad de Buenos Aires.

Contagiar las ganas de abrir un libro

Pablo vino del interior. Él mismo se ha presentado en algunas oportunidades como hijo “del barrio del chamamé”, donde fue vecino de Tránsito Cocomarola, y se recibió de maestro en el Chaco. Venía de una familia laburante: padre carpintero, madre ama de llaves en una casa familiar. En esa casa los libros no eran costumbre: la lectura parecía cosa de familias cultas y acomodadas, no de una familia de trabajadores. “No era un mundo de intelectuales”, dice Ana. Aun así, de chico lo cargaban por leer tanto. Cuando llegó a Buenos Aires y empezó a dar clases, en las primeras escuelas por las que pasó, Pablo hacía algo que hoy Ana cuenta como anécdota y un poco también como ejemplo: dejaba libros a la vista en el aula, sin imponerlos, y esperaba. No buscaba obligar a nadie a leer, sino invitar: que los pibes se acercaran solos, por curiosidad, a ver qué había ahí. Él lo llama conversar, estar en conversación con el otro. Ana lo resume con una palabra de su hermano: contagiar. “Contagiarles el deseo, las ganas de ver qué hay ahí, si lo abrís qué pasa”.

Cuando le pregunté a Ana que elija una sola escena para describir a su papá, Ana se ríe: “Es muy difícil. Es otro ejercicio de la memoria”. Después vuelve al aula. Pablo, que hoy tiene 89 años, “fue maestro originalmente y principalmente”, y así se sigue pensando: antes que cualquier título, el es maestro primario. “Me parece que lo que lo define es el entusiasmo de contar, de compartir, de generar historias”, dice su hija. Ese espíritu lo unió a su amigo Javier Villafañe, el titiritero del que escribió una biografía.

Pablo medina en la Nube

Los Libros que sobrevivieron a las botas

La primera Nube estuvo tres años en Marcelo T. de Alvear 938, abierta a la calle. Pablo la había fundado con Marta Dujovne y Marcela Silberberg. Después llegaron las prohibiciones. Según contó Marcela, “caía la policía, preguntaba qué tenés, qué tenés”. Las dos debieron exiliarse por razones políticas y Pablo se quedó con el proyecto.

La mudanza a un primer piso de una casona vieja terminó siendo refugio. “Estaba como escondida. Si hubiera seguido tan expuesta, no sé si hubiera sido posible. Yo creo que eso es parte de lo que salvaguardó que La Nube pudiera seguir creciendo”. Mientras otros quemaban o enterraban sus bibliotecas, Pablo guardó todo. “Algo de inconsciencia tiene que ver”, admite Ana. Para ella, eso también fue obra de los que no se exiliaron: “Supongo que también una protección fue que la gente que siguió en el país, que no se fue, que no se exilió, o que decidió eso, quedarse, pudo guardar, porque quedó mucho material”.

Entre esos tesoros está La línea, de Ayax Barnes y Beatriz Doumerc. En sus muestras, Ana distingue dos tipos de libros censurados: los prohibidos explícitamente por decreto, que “tienen nombre, apellido, número tal, fecha”, y los que cayeron por sus autores o su temática. La línea es de los primeros. “Tiene una potencia y una fuerza”, dice. Tuvo la suerte de volver a editarse, pero tarde: “Demoró casi 40 años”. Y primero salió en otro color, hasta que se recuperó el original. “No es que le cambiaron un colorcito, es una obra en rojo y negro. La línea es roja, y entonces cambiarle un color ya es cambiar su concepto”. Junto al Museo del Libro y de la Lengua, La Nube le dedicó una muestra a la obra de la pareja. Para Ana, reeditar no es un negocio sino una decisión: “Creo que la función de La Nube es eso: que las cosas no queden en el olvido. Esos libros nos están diciendo algo”.

“¿Te leíste todos estos libros?”

Nadie sabe cuántos libros hay hoy en el acervo cultural de La Nube. Pablo calculaba cerca de 100.000, pero Ana no se anima a decir ese número: el acervo nunca terminó de catalogarse. Lo que sí sabe es qué pasa cuando llegan las escuelas: los pibes entran y dicen “¡guau!”, porque hay libros casi hasta en los techos. Cuando Pablo estaba más presente, le preguntaban: “¿Te leíste todos estos libros?”.

Ana es profesora de Expresión Corporal, y desde ahí entró. En 2009, una Noche de los Museos le despertó una idea: “Quiero que vivan los libros”. Desde entonces arma exposiciones bibliográficas que piensa como una puesta en escena: libros soviéticos por el centenario de la Revolución Rusa, Devenir Quiroga por los cien años de Cuentos de la selva y este año Al revés, libros que hay que dar vuelta para seguir leyendo. “El jeito, dirían los brasileros, es que te den ganas de tocar los libros, aunque no los puedas tocar”. Y se ríe: “Inventé mi propio trabajo”.

Eso es lo que dice haber aprendido en La Nube: darle lugar a lo intuitivo. “Una fibra te la puede tocar una imagen, un poema, una palabra, incluso un sonido”.

Imagen del documental del CONICET a Pablo Medina
Muestra Libros que te dan vuelta

Un chico miró al cielo

El nombre lo puso un chico: el hijo de Marta Dujovne vio pasar una nube y a todos les gustó. A Ana le gusta pensar en cómo las nubes cambian de forma en el cielo. Lo cuenta “como para un niño”: una nube absorbe agua “y de repente se armó toda esa forma que se va transformando con el tiempo”. “Tiene que ver con la imaginación”, dice. Y se ríe de lo visionario del nombre: hoy “tenemos la nube desde donde tenemos todo colgado, saberes”.

Hoy La Nube no abre todos los días. Se sostiene con proyectos de mecenazgo y una comisión directiva que trabaja ad honorem. “Necesitás muchísimo más que lo que nosotros estamos teniendo “. Lo que más le cuesta imaginar es quién le dará continuidad a “las ganas de inventar”, en una época que, dice, vuelve a lo moralizante.

En noviembre, La Nube inaugura una muestra por los 200 años del nacimiento de Carlo Collodi, con lo que Ana llama “una colección impresionante”: ediciones de Pinocho de todo el mundo, desde las primeras que se publicaron en la Argentina, donde el libro tuvo una incidencia “muy importante”, hasta la primera versión de Disney, de 1940.

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