Una reflexión sobre el deterioro sociocultural que explica la actual vulgarización del trato y la fragilidad institucional, desde los cambios en las élites culturales hasta la influencia de los medios digitales y las redes sociales.
Una reflexión sobre el deterioro sociocultural que explica la actual vulgarización del trato y la fragilidad institucional, desde los cambios en las élites culturales hasta la influencia de los medios digitales y las redes sociales.

¿Cómo es posible que un alumno entre con un arma a la escuela? ¿Qué fue lo que pasó para que un medio de comunicación o una red social se utilice para insultar, descalificar o humillar a otro, y esa forma de trato o destrato se haya naturalizado, incluso convalidado social y culturalmente? ¿Qué fue, en general, lo que alimentó el progresivo deterioro de la composición y el funcionamiento de las instituciones, pero, sobre todo, la creciente vulgarización del trato, las formas de presentación y los recursos expresivos en las diferentes modalidades de interacción? ¿Cómo llegamos hasta aquí?
Quien se hace la pregunta “¿cómo llegamos hasta aquí?” está mirando en el presente y, en retrospectiva, acontecimientos (acciones sociales y comunicaciones) que se toman como punto de partida para la observación de alteraciones, modificaciones y transformaciones en el plano sociocultural y los efectos psicosociales que esos cambios producen en los individuos y en las relaciones entre ellos.
Desde fines de la Edad Moderna hasta mediados del siglo XVIII, las pautas de orientación cultural hegemónicas provenían de la diferenciación social estratificada impuesta por la nobleza. La función principal de los criterios valorativos y los recursos expresivos aristocráticos era diferenciarse del vulgo y actuar como un contrapeso social frente a la burguesía en ascenso. Dentro de ese orden social se había establecido una normalidad sociocultural de trazo fino. Los requisitos que componen la normalidad sociocultural de trazo fino aristocrática pueden ser satisfechos por unos pocos (según la ocasión, usar la vestimenta adecuada, hablar correctamente, conocer las reglas y normas del protocolo para la interacción). Las exigencias son muchas y de difícil acceso. Por lo tanto, es una normalidad que disminuye la inclusión y aumenta la exclusión social.
A partir del último cuarto del siglo XVIII, la burguesía naciente comenzó el trabajo de demolición de las diferencias cualitativas acuñadas al interior de la sociedad nobiliaria. Su estrategia fue reemplazar las prácticas socioculturales aristocráticas por imitaciones de mala calidad, pero hechas a medida de la estatura sociocultural de las pretensiones de ascenso social a cualquier costo. El resultado es la atmósfera sociocultural moderna (Buffon, 2019).
El final de la Primera Guerra Mundial y la muerte del arte clásico le dieron el golpe de gracia a la normalidad sociocultural de trazo fino acuñada e impuesta por la nobleza aristocrática (Onfray, 2018, p.418). Hay cierto consenso entre los historiadores sobre la cisura (Barzun, 2001, p. 851) que produjeron en “la historia de las mentalidades de la Modernidad” (Sloterdijk, 2020, p.17), esos dos acontecimientos en la atmósfera cultural occidental desde fines de la segunda década del siglo XX. Se instala el desencanto sobre los valores vigentes hasta ese momento (sobre todo éticos y estéticos) y se produce la ruptura definitiva con los criterios vigentes hasta antes del inicio de la Gran Guerra. La diferenciación verdadero/falso se vuelve polémica, en el campo de la ética se diluye la diferencia correcto/incorrecto y, en el dominio de la estética, se relativiza la distinción bello/feo y agradable/desagradable. Esos códigos valorativos y pautas de orientación cultural ingresan en una zona cuyos límites y contornos se tornan difusos. El mundo sociocultural cambia definitivamente.
A partir de mediados del siglo XX, la transformación cultural se acelera: se imponen los liderazgos unipersonales que arrastran y conducen a masas homogéneas (asamblea de ignorantes, dirá Sloterdijk) que adoptan las nuevas orientaciones de la época impuestas progresivamente desde los nuevos medios de comunicación, que toman el centro de la escena cedido por la escuela como la institución predominantemente formadora y socializadora (después de la familia) y proveedora, hasta entonces, de criterios de autoridad y pautas de sociabilidad.
La construcción de esta nueva atmósfera sociocultural produjo un clima social cuyo efecto vulgarizador (burgués y de masas) atravesó todas las clases sociales. Esa transformación dio lugar a la instauración de una “nueva normalidad” de trazo grueso sostenida en el principio de indiferencia, cuya gestación se apoya en las formas de ser y parecer incubadas dentro del campo del entretenimiento, y se expande en las redes sociales y tribus virtuales. En esencia, la aplicación del principio de indiferencia consiste en anular la distinción mejor/peor, en disolver las distinciones naturales y culturales entre individuos y en nivelar el valor de las apreciaciones (de conductas, de comportamientos, de juicios o de productos). Al contrario de la normalidad de trazo fino, esta nueva normalidad favorece la inclusión (cualquiera puede cumplir con sus bajas exigencias), pero a costa de la degradación de la calidad de las formas de comunicación e interacción.
En la primera década del siglo XXI se produce el giro informático a través de la masificación del uso de Internet y la institucionalización de las redes sociales. El templo había sido desplazado por el aula, que luego fue desplazada por los medios, y ahora los medios se ven parcialmente cooptados por las plataformas y el streaming. Ya no son ni las masas, que se unifican en torno a un liderazgo cultural, ni el público, segmentado de acuerdo con la oferta que proviene de los medios, sino que aparecen los usuarios que entran y salen de esos espacios virtuales según sus gustos personales, sus posibilidades de interacción dentro de ese medio y su disposición a agruparse con otros que comparten afinidades valorativas, temáticas, estéticas o culturales.
Y hasta aquí llegamos. De esas modificaciones impuestas por el cambio social se impusieron socialmente la agresividad y la vulgaridad modernas como prácticas culturales. De estos dos rasgos contemporáneos emanan los peligros de quiebre individual, deterioro sociocultural y derrumbe institucional que están en exhibición para todo aquel que quiera tomarse el trabajo de observarlos.
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