El fanatismo, en política o fútbol, anula el pensamiento crítico y destruye el debate. Convierte a las personas en fieles incapaces de cuestionar a sus líderes. Recuperar la sensatez y los matices es vital para la convivencia y el progreso social.
El fanatismo, en política o fútbol, anula el pensamiento crítico y destruye el debate. Convierte a las personas en fieles incapaces de cuestionar a sus líderes. Recuperar la sensatez y los matices es vital para la convivencia y el progreso social.

En la política, en el fútbol, en la religión o en la vida cotidiana, el fanatismo tiene un efecto tan visible como peligroso: borra los matices, destruye la capacidad de razonar y convierte a las personas en fieles de una causa que ya no cuestionan. Es un mecanismo emocional que reemplaza la reflexión por la obediencia y que, llevado al extremo, erosiona cualquier convivencia posible.
En la política argentina el ejemplo es claro. El fanático no defiende ideas, defiende nombres. Algunos no pueden escuchar una crítica a Javier Milei sin sentir que se ataca a su propia identidad, del mismo modo que otros se encienden si alguien pone en duda al peronismo o a cualquiera de sus líderes históricos. En ambos casos, el resultado es el mismo: la conversación pública se vuelve imposible. Nadie escucha al otro, sólo se busca tener razón.
El fútbol, esa otra religión nacional, multiplica ese fenómeno. Muchos hinchas ya no discuten jugadas o tácticas, sino personas. Gallardo y Riquelme, por ejemplo, son figuras enormes del deporte argentino, pero para sus seguidores más fervorosos no existe la posibilidad de que se equivoquen. Los endiosan tanto que cualquier error se convierte en una herejía impensable. El pensamiento crítico desaparece, y lo que queda es una forma de fe.
El problema no está en admirar, sino en idolatrar. Porque el fanatismo no es amor, es ceguera. Nace del miedo a aceptar que los referentes —políticos, futbolísticos o sociales— son tan humanos como cualquiera. Y cuando la sociedad deja de cuestionar a sus líderes o ídolos, empieza a perder su capacidad de aprender.
Volver a pensar, escuchar y disentir sin odio es un acto revolucionario en tiempos de gritos. El desafío está en recuperar la sensatez, en entender que nadie tiene toda la razón, y que el país —como cualquier grupo o equipo— sólo avanza cuando el debate supera a la devoción.
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