El país donde la fama reemplazó al mérito

Las declaraciones de Ricardo Darín sobre Wanda Nara reabrieron el debate sobre qué se considera hoy “genialidad” en la cultura argentina. La discusión expone el peso simbólico de las palabras, la valorización de la fama por sobre el conocimiento y la creciente invisibilización del esfuerzo intelectual.

Las declaraciones de Ricardo Darín sobre Wanda Nara volvieron a instalar una discusión incómoda sobre qué entiende hoy la cultura argentina por “genialidad”. Darín dijo que Wanda “es una genia”, que “se inventó a sí misma” y que admira su inteligencia para construir un personaje mediático exitoso. El problema no es elogiar a Wanda Nara. El problema es qué valores se eligen destacar desde un lugar de enorme influencia pública.

Porque cuando una de las figuras más prestigiosas del cine argentino decide poner el rótulo de “genia” sobre alguien cuyo principal mérito es dominar la lógica del espectáculo, inevitablemente aparece una pregunta: ¿qué lugar queda para quienes dedican años de estudio, investigación, formación y trabajo silencioso?

En la Argentina de hoy, un científico que investiga durante décadas, un médico que se forma durante años, un docente que sostiene la educación pública o un ingeniero que desarrolla tecnología difícilmente ocupen horas de televisión o tapas de revistas. No generan escándalos, romances mediáticos ni millones de clics. Sin embargo, son ellos quienes sostienen buena parte del progreso real de una sociedad.

Por eso llama la atención que Darín, alguien que suele presentarse como una voz reflexiva y comprometida con la cultura, elija sumarse a la lógica del espectáculo vacío en vez de reivindicar otros modelos de reconocimiento social. Porque una cosa es reconocer la habilidad comercial o mediática de Wanda Nara, y otra muy distinta es elevarla al nivel de “genia”, una palabra históricamente reservada para quienes transforman el conocimiento, el arte, la ciencia o el pensamiento.

La discusión no pasa por despreciar el entretenimiento ni por negar que Wanda Nara construyó un fenómeno propio. Pasa por entender el peso simbólico de las palabras. Cuando todo es “genial”, nada lo es realmente. Si el mismo término sirve para definir a un premio Nobel, a un investigador del CONICET y a una celebridad de realities y redes sociales, entonces el mérito deja de tener profundidad y se convierte apenas en popularidad.

Hay además algo sintomático en el entusiasmo con el que parte del mundo artístico legitima figuras mediáticas mientras el esfuerzo intelectual parece cada vez más invisible. La cultura de la inmediatez premia la exposición antes que el contenido. Y en ese contexto, las palabras de Darín no son inocentes: reflejan una época donde la fama suele valer más que el conocimiento.

Quizás el problema no sea Wanda Nara. Quizás el problema sea una sociedad que empezó a confundir notoriedad con talento y éxito mediático con verdadera trascendencia.

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