A sus 95 años, la referente de los derechos humanos repasa con crudeza el secuestro de su hijo, la complicidad eclesiástica y su paso de la fantasía de venganza a la construcción del “Nunca Más”.
A sus 95 años, la referente de los derechos humanos repasa con crudeza el secuestro de su hijo, la complicidad eclesiástica y su paso de la fantasía de venganza a la construcción del “Nunca Más”.

A los 95 años, Graciela Fernández Meijide conserva la lucidez de quien ha hecho del “saber” una misión de vida. Su historia personal se quebró la madrugada del 23 de octubre de 1976 en su departamento de Belgrano. Allí, frente a su esposo Enrique y sus tres hijos, un grupo de tareas se llevó a Pablo, de 17 años.
El terror no necesitó gritos, le bastó una amenaza directa: “Tenga a ese perro, señora, o lo matamos”, le dijeron mientras su ovejero alemán olía el miedo en el ambiente. Pablo se vistió, salió por esa puerta y nunca regresó.
En una extensa entrevista con Infobae, Meijide recordó que aquel no fue un suceso inesperado en el clima de la época. “El del año 1976 fue, yo diría, el golpe más anunciado que hubo. Todo el mundo hablaba de ese golpe que iba a venir”, explica.
Sin embargo, marcó una diferencia estructural: la unión de las tres Fuerzas Armadas para repartirse las responsabilidades de la represión.
Con la perspectiva que dan las décadas, Graciela analiza la composición de las víctimas y las organizaciones armadas. “En general, la mayor parte de los desaparecidos era de clase media porque tenía que ver con la influencia en las universidades”, señala.
Respecto a los grupos guerrilleros, distingue claramente al ERP de Montoneros: “El ERP tenía una idea foquista: armar un foco, conseguir apoyo y extenderse. El caso de Montoneros fue diferente… eran chicos jóvenes que buscaron masa crítica en el peronismo. Los viejos peronistas nunca les perdonaron el ‘entrismo’”.
Tras el secuestro, comenzó el periplo por comisarías y dependencias oficiales. Meijide relata el impacto psicológico inmediato: “Yo cuando vi que se llevaban a Pablo tuve sensación de terror. Primera vez en mi vida que yo supe lo que era el terror”.
Esa angustia la llevó a dejar la docencia: “Tuve que renunciar a todas mis clases porque sentía que no podía enseñar nada, porque yo no sabía lo que más quería saber: dónde estaba Pablo”.
En su búsqueda, se topó con la frialdad de las instituciones. Especialmente recordada es su visita a la iglesia Stella Maris, donde un sacerdote intentó consolarla mientras, paradójicamente, justificaba el horror.
“Ese hombre nos decía: ‘Pobres, yo veo tantos chicos en la estación del tren y pregunto cuántos de estos serán llevados’. Quiso tomarme una mano y yo se las saqué porque entendía que era un cómplice de toda esta situación de ocultamiento”, sentencia con firmeza.
El dolor, inicialmente, se tradujo en un deseo de revancha personal. “Por bastante tiempo yo solo podía dormirme cuando le metía un balazo a cada uno de los miembros de la Junta. Era como mi Rivotril”, confiesa. No obstante, esa fantasía cambió por una “idea poderosa” que marcó la historia argentina: “Los voy a meter presos”.
Ese cambio de paradigma la llevó a integrar la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep). Allí, comprendió que la justicia se basaba en pruebas, no en consignas.
Destaca el valor de los sobrevivientes que regresaron a los centros de tortura para identificar los lugares: “Ese muchacho que desesperadamente borraba con una moneda la pintura de unas cuchetas hasta que dijo: ‘Acá está, estas son mis iniciales’. En esos casos uno dice: cuando el hecho se cuenta y se prueba, existe”.
Finalmente, Meijide no elude las polémicas actuales sobre el número de desaparecidos y el uso político de la causa durante el kirchnerismo. Sobre la cifra de 30.000 desaparecidos que señalan organismos de derechos humanos, invita a la objetividad de los registros oficiales: “Es lo mismo hayan sido 7.000 u 8.000… ¿Es posible que una sociedad como la nuestra deje pasar que 20.000 personas no hayan denunciado la desaparición de un familiar o amigo? Yo creo que no”.
Respecto a Néstor y Cristina Kirchner, es tajante: “Creo que lo que más les interesó fue el tema del poder y tomaron el tema de derechos humanos como una bandera, como si las organizaciones guerrilleras no tuvieran responsabilidad. Y sí la tuvieron”.
Para Graciela, el valor de la democracia radica en haber juzgado a ambos bandos, recordando que figuras como Firmenich también fueron condenadas antes de los indultos. A sus 95 años, su búsqueda no ha terminado, porque como ella misma dice, lo único que todavía quiere es, simplemente, saber.
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