Desde la psicología, uno de los grandes problemas de este tiempo es que muchas personas confunden incertidumbre con error. Si no estoy completamente seguro, entonces no debería avanzar. Si tengo dudas, entonces no es. Si no veo el final del camino, entonces mejor no empiezo. Y así, casi sin darse cuenta, quedan atrapadas en una espera eterna: la espera de una seguridad imposible.
Pero elegir no es adivinar el futuro. Elegir es otra cosa. Elegir es comprometerse con una dirección posible aun sabiendo que ningún camino viene con total garantía. Esto no significa decidir impulsivamente ni romantizar cualquier deseo momentáneo.
Significa entender que una elección vocacional saludable no nace sólo de una certeza absoluta, sino de una construcción entre lo que me interesa, lo que puedo desarrollar, lo que me hace sentido, el momento vital que estoy atravesando y la realidad concreta en la que vivo. No se trata de lanzarse a ciegas. Se trata de no quedar paralizado por la fantasía de que primero tendría que estar todo resuelto.
Ahí aparece algo que trabajo mucho y que para mí ordena bastante esta conversación: la idea de que cada persona necesita encontrar una brújula interna, no un mapa perfecto. Porque mapa completo, en este contexto, no tiene nadie. Esa brújula no se arma solo con “lo que me gusta”. Se construye en la intersección entre intereses, habilidades, historia personal, valores, deseo, contexto y realidad.
A eso yo lo nombro Llamadón, un concepto desarrollado por mí para expresar ese cruce entre lo que enciende por dentro y lo que puede tomar forma en el mundo como capacidad, dirección y sentido. No como una receta ni como una promesa de certeza absoluta, sino como una orientación posible en medio de la incertidumbre.
El problema es que muchas veces se les pide a los jóvenes —y también a muchos adultos en procesos de reinvención— que elijan desde una lógica demasiado exigente. Como si una decisión vocacional tuviera que ser perfecta, definitiva y rentable desde el minuto uno. Como si hubiera que saber exactamente quién se va a ser a los 18, a los 25 o a los 40. Como si equivocarse fuera una catástrofe y no parte del proceso humano de construir una vida.
Pesa en chicos que sienten que si eligen mal decepcionan a sus familias. Pesa en quienes empiezan una carrera y al poco tiempo sienten culpa porque no era por ahí. Pesa en adultos que sostuvieron una trayectoria durante años y ahora, cuando algo adentro pide otra cosa, se sienten ridículos por volver a preguntárselo. Pesa en personas brillantes que no están perdidas, pero sí saturadas de exigencia, comparación y miedo al error.
Por eso hoy, más que apurar respuestas, muchas veces hay que habilitar mejores preguntas.
No solo “qué carrera me conviene”, sino también:
¿qué cosas despiertan algo vivo en mí?
¿qué actividades me conectan con una sensación de presencia?
¿qué tipo de vida imagino?
¿qué parte de mí quedó demasiado adaptada a lo que esperaban otros?
¿qué capacidad mía está pidiendo más espacio?
¿desde dónde quiero construir mi lugar en el mundo?
La vocación, entendida de un modo más profundo, no es solo una elección académica o laboral. También habla de identidad. Del lugar que una persona siente que puede ocupar. De cómo quiere vivir. De qué tipo de huella desea dejar. Y eso no siempre aparece todo junto, claro y ordenado. A veces emerge de a poco. A veces se prueba. A veces se corrige. A veces se redefine.
Y eso no invalida la búsqueda. La vuelve más humana.
Creo que una de las tareas más necesarias hoy es desacralizar la elección perfecta. Bajarla del pedestal. Sacarla del lugar de examen final. Porque cuando elegir se vive como una sentencia, el miedo crece. En cambio, cuando se comprende que una decisión también puede ser un primer movimiento, un acercamiento, una exploración más consciente, aparece otra posibilidad: la de avanzar sin tener que saberlo todo.
Elegir con madurez no siempre significa tener todas las respuestas. A veces significa tolerar que no las voy a tener todas y, aun así, animarme a dar un paso con criterio, con escucha interna y con cierta honestidad conmigo. En tiempos donde todo cambia tan rápido, tal vez el verdadero problema no sea no tener certezas.
Tal vez el problema sea creer que solo se puede empezar cuando la certeza aparezca completa. Y no. Muchas veces la claridad no baja primero. Muchas veces la claridad se construye andando. Porque la vocación no siempre llega como un rayo. A veces empieza como una pequeña señal. Una incomodidad. Una pregunta. Una atracción persistente. Un fueguito.
Y hay algo importante en esto: no pisar ese brote por no poder nombrarlo todavía.
A veces no hace falta saberlo todo para empezar. A veces hace falta empezar para empezar a saber.