El tablero financiero argentino vive días de optimismo moderado. La reciente mejora en la calificación de deuda por parte de Fitch —que elevó la nota de CCC+ a B-— sumada a la expectativa de un movimiento similar por parte de Moody’s, ha generado un “círculo virtuoso” que permitió al riesgo país perforar la barrera de los 500 puntos básicos por primera vez en lo que va del año. Sin embargo, el festejo en el Palacio de Hacienda es contenido: aunque los bonos suben, la tasa de retorno que aún debe convalidar el soberano sigue siendo un impedimento para una salida triunfal a los mercados.
En este escenario, el espejo en el que se mira el equipo económico es Ecuador. La semana pasada, el gobierno de Daniel Noboa logró una colocación exitosa de USD 1.000 millones con un rendimiento del 8,5% anual. Lo llamativo es que Ecuador comparte con Argentina la misma calificación crediticia, lo que demuestra que existe una “ventana de oportunidad” para países con perfiles de riesgo similares, siempre que logren convencer a los grandes fondos de inversión.
El club de las “B” y el apetito inversor
Pasar del grupo de las “C” (altamente especulativo o en riesgo de default) al escalón de las “B” no es una cuestión meramente semántica. Para los fondos de inversión internacionales, este salto es el ticket de entrada. Muchos carteras tienen prohibido por estatuto comprar activos calificados como “C”. Al subir la nota, Argentina accede a un universo de capitales mucho más amplio.
La demanda de los bonos ecuatorianos fue siete veces superior a la oferta, alcanzando los USD 7.000 millones. Esto evidencia que, en un mundo ávido de rendimientos, los inversores están dispuestos a apostar por alternativas de riesgo si perciben un compromiso fiscal sólido. En Argentina, la deuda todavía rinde entre el 9% y el 10%, una cifra que el ministro Luis Caputo considera “cara” y prefiere esperar a que la compresión de tasas continúe antes de firmar nuevos compromisos.
El ejemplo local y la “vía alternativa”
Mientras la Nación espera, otros emisores argentinos ya han demostrado que hay demanda por debajo del 8%. La Ciudad de Buenos Aires protagonizó una emisión histórica la semana pasada con el bono Tango, colocando USD 500 millones al 7,3% anual a diez años. Esta tasa, sensiblemente menor a la que convalida el mercado para los bonos soberanos, marca el “benchmark” al que aspira llegar el Ejecutivo nacional.
Desde Moody’s, el vicepresidente Jaime Reusche avala la estrategia oficial de no apurar los tiempos: “Si la tasa sigue muy alta, lo más sensato es buscar alternativas de financiamiento más baratas, como garantías de organismos internacionales”. Por ahora, el Gobierno se apoya en el ingreso de divisas de provincias, bancos y empresas, que ya han aportado una oferta significativa que permitió al Banco Central comprar más de USD 7.500 millones en lo que va de 2026.
Riesgos en el horizonte
La mirada de corto plazo es positiva, impulsada por la liquidación de la cosecha y las compras del BCRA, que podrían empujar el riesgo país hacia los 450 puntos básicos. No obstante, el horizonte de mediano plazo presenta nubarrones que el mercado no ignora.
El “ruido” político y la cercanía de las elecciones legislativas del próximo año actúan como un ancla para las cotizaciones. Los inversores se preguntan si el ajuste fiscal y el plan monetario de la “Fase 4” son sostenibles en el tiempo o si el ciclo político volverá a interrumpir la normalización financiera. Argentina hoy tiene el mismo “cartón” de calificación que Ecuador, pero para lograr su misma tasa, deberá demostrar que su camino hacia la solvencia es irreversible.