La expansión desmedida de la inteligencia artificial generativa comenzó a ser analizada bajo una óptica epidemiológica. Un trabajo académico divulgado en la plataforma ArXiv —elaborado por especialistas de la Universitat Pompeu Fabra, la Fundación Computacional de Barcelona y el Instituto Wyss de Harvard— postula que la adopción de los modelos de lenguaje extenso (LLM) puede comportarse de manera similar a un virus cognitivo, propagándose a través de redes culturales y generando formas de dependencia tecnológica persistente.
Los autores de la investigación aclararon que la analogía no busca estigmatizar a la tecnología ni catalogarla como una enfermedad. Por el contrario, el modelo matemático busca explicar cómo una herramienta útil y versátil puede arraigarse profundamente en las prácticas cotidianas hasta el punto de alterar de forma colectiva las habilidades intelectuales humanas. La delegación sistemática de tareas analíticas, de redacción y de toma de decisiones en plataformas como ChatGPT o similares modifica la manera en que las sociedades procesan y transmiten la información.
El núcleo del problema radica en el pasaje del apoyo cognitivo a la sustitución total de tareas. A diferencia de un motor de búsqueda tradicional, los LLM ofrecen respuestas estructuradas, fluidas y adaptadas que invitan al usuario a externalizar el esfuerzo intelectual. El estudio advierte sobre la existencia de un umbral crítico: si una comunidad supera cierto nivel de dependencia automatizada, la pérdida de competencias se acelera de manera abrupta, debilitando el entorno social e institucional que tradicionalmente fomenta el razonamiento autónomo, la lectura crítica y la verificación de datos.
Frente a este escenario de riesgo, la comunidad científica propone implementar estrategias de “inmunización cognitiva”. Esta perspectiva no promueve el rechazo de la inteligencia artificial, sino un uso deliberado que preserve la denominada “fricción mental”. Entre las recomendaciones figuran resolver problemas complejos sin asistencia digital, sostener períodos deliberados de desconexión y diseñar entornos educativos donde el software actúe como un andamiaje de consulta y no como un reemplazo del pensamiento crítico.
Especialistas del ámbito académico y corporativo coinciden en que la tecnología debe potenciar las capacidades humanas y no sustituirlas. Preservar habilidades esenciales como la negociación, la creatividad y el juicio de alto nivel se vuelve indispensable para evitar que la comodidad digital derive en una merma irreversible del capital intelectual humano.