El protagonista de la Cámara Federal explica por qué el Juicio a las Juntas fue un “hecho fundacional” para las instituciones democráticas argentinas.
El protagonista de la Cámara Federal explica por qué el Juicio a las Juntas fue un “hecho fundacional” para las instituciones democráticas argentinas.

A medida que el calendario democrático avanza, la figura de Ricardo Gil Lavedra se consolida no solo como un jurista de fuste, sino como un testigo vivo de la audacia institucional argentina. Al recordar el histórico Juicio a las Juntas, el exintegrante de la Cámara Federal es tajante al definir la magnitud de lo que se puso en juego en 1985. No fue simplemente un proceso legal; fue la piedra angular de un nuevo sistema de convivencia.
Para comprender el peso del veredicto, es necesario retroceder al clima de tensión que dominaba la época. Argentina intentaba caminar tras años de oscuridad, con las fuerzas armadas aún conservando cuotas de poder significativas.
En este sentido, Gil Lavedra es preciso al señalar las dificultades de la tarea: “Pudimos hacer justicia en un contexto muy adverso”, afirma, subrayando que la estabilidad del gobierno de Raúl Alfonsín pendía de un hilo mientras el tribunal civil se disponía a juzgar a los máximos responsables de la última dictadura.
La decisión de avanzar por la vía del derecho, y no de la represalia, marcó una diferencia ética fundamental. Para el jurista, el proceso representó el triunfo del Estado de derecho.
Según sus palabras, aquel episodio “fue un hecho fundacional para la democracia argentina”, ya que permitió establecer un límite claro frente al autoritarismo y la violación sistemática de los derechos humanos.
Uno de los puntos más destacados por Gil Lavedra es la naturaleza del juicio. No se trató de un tribunal militar ni de una comisión especial, sino de jueces civiles aplicando el código penal común.
Esta distinción es la que le otorga su carácter universal. El exjuez suele recordar que el proceso judicial demostró que nadie estaba por encima de la Constitución, ni siquiera quienes habían detentado el poder absoluto de vida y muerte.
Al analizar el espíritu de la sentencia, el jurista refuerza la idea de que la civilidad se impuso sobre la violencia política: “No fue un juicio de vencedores sobre vencidos, sino de la ley sobre la barbarie”.
Esta premisa sigue resonando hoy como un recordatorio de que la justicia es la única herramienta legítima para sanar las heridas de una sociedad fracturada.
Hoy, el Juicio a las Juntas no es solo un recuerdo de los libros de historia, sino un manual de instrucciones sobre la independencia judicial. La reflexión de Gil Lavedra invita a las nuevas generaciones a no dar por sentadas las garantías constitucionales, recordando que la justicia es un ejercicio constante de memoria y valentía civil.
La intolerancia, la descalificación, el insulto y la promoción del odio hacia quienes piensan diferente son incompatibles con los valores de la democracia.
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