Las asignaciones estatales acumulan una pérdida de casi diez puntos porcentuales, mientras miles de expedientes permanecen paralizados en las dependencias públicas
A doce meses de que el Poder Legislativo ratificara la Ley de Emergencia en Discapacidad, superando la resistencia inicial del Ejecutivo, las agrupaciones civiles denuncian que la normativa es letra muerta. Los indicadores oficiales muestran una preocupante brecha: las pensiones del sector experimentaron un incremento muy por debajo del índice inflacionario general medido por el Indec en el último ciclo anual. Esta diferencia redujo de manera drástica el poder adquisitivo de los beneficiarios, cuyos haberes mensuales —incluso con los adicionales extraordinarios otorgados— resultan insuficientes frente a la escalada de precios.
A esta pérdida patrimonial se suma un severo estancamiento administrativo. Datos obtenidos mediante requerimientos de transparencia exponen que un cuarto de millón de solicitudes se encuentran congeladas a la espera de un dictamen oficial, a pesar de contar con toda la documentación requerida. Los informes de los centros de estudios legales detallan que la gran mayoría de estos trámites se iniciaron con anterioridad al cambio de gestión, exponiendo una inacción estatal donde el volumen de expedientes resueltos es insignificante en comparación con la masa de solicitudes pendientes.
Ahogo financiero sobre las instituciones terapéuticas y recortes en el transporte de larga distancia
La parálisis no solo afecta a los particulares, sino que compromete la supervivencia de la red de contención institucional. Foros y entidades especializadas remitieron reclamos formales a las autoridades judiciales federales advirtiendo sobre el colapso de hogares, centros educativos y servicios de traslado. Los aranceles que abona el Estado se encuentran totalmente desactualizados y, aunque se aplican correcciones periódicas, la base de cálculo original no cubre los costos reales de funcionamiento, forzando a los establecimientos a contraer deudas, achicar sus prestaciones o suspender programas esenciales de autonomía y socialización.
La situación general sumó un nuevo factor de desprotección tras eliminarse los mecanismos de compensación que garantizaban la gratuidad en los pasajes de media y larga distancia para personas con movilidad reducida. Los representantes de los prestadores señalan que las partidas presupuestarias complementarias fijadas por la ley se encuentran retenidas por el Palacio de Hacienda, que no libera los flujos financieros necesarios para regularizar las deudas históricas con el sector, mientras los trabajadores de talleres protegidos apenas perciben fracciones del salario mínimo.
Falta de respuestas oficiales y derivación de responsabilidades entre carteras gubernamentales
Desde el activismo social fustigan la reglamentación parcial de la norma, argumentando que las modificaciones introducidas por el Gobierno fueron superficiales y omitieron herramientas de financiamiento estructural para el sistema regulado por la legislación de prestaciones básicas. Las críticas apuntan a una decisión política de desfinanciar las oficinas específicas del área, cuyas ejecuciones presupuestarias no pueden ser auditadas correctamente a través de las plataformas de transparencia pública.
Ante las consultas sobre el estado de las partidas y las demoras en los pagos, los voceros de la Secretaría Nacional del área declinaron efectuar declaraciones, trasladando las solicitudes de información hacia la cartera de Salud bajo el argumento de la dependencia orgánica. Mientras las respuestas institucionales se dilatan en la burocracia ministerial, los referentes comunitarios advierten que el Estado optó por cumplir con exigencias mínimas, empujando a las familias a judicializar sus reclamos en los tribunales para evitar la interrupción de los tratamientos que sostienen sus proyectos de vida.